Corto Maltes. Aventurero de un sueño imposible

Aventurero de un sueño imposible

Corto Maltés ha estado en muchas partes. Lo encontré naufragando, en un Mar Salado y apenas lo conocí, su personalidad me sedujo y me arrastró. Decidí seguirlo. Me fui tras él por las regiones del Caribe y del Orinoco, pisé sus huellas en Buenos Aires y lo vi actuar en Brasil, donde tuve la fortuna de que me presentara a “Boca de Oro”, señora que me inquietó en más de un sueño, pese a sus reconocidos doscientos años. En su peregrinaje me llevó por lugares tan distantes como Venecia, África, Irlanda, Siberia… Me hizo conocer rincones misteriosos, al estilo de la Arcana en el gueto de Venecia, donde hay siete puertas, cada una de las cuales se abre pronunciando el nombre de un demonio diferente. En Etiopía me condujo por los caminos de Rimbaud: de Djibuti a Harrar. Y en repetidas ocasiones me hizo dar un desvío por Utopía, región hacia la cual Corto hace frecuentes incursiones en sueños o embarcado en otra realidad reñida con la lógica occidental. Existencia que es la propia de muchos de los hombres que encuentra. Escenarios desconocidos y sorprendentes, mujeres y hombres con vivencias que nosotros -pálidos occidentales- llamamos magia, pesadilla, narcosis, alucinación o superstición, pero que el Maltés trata con el respeto debido a los valores de cada cual.

En efecto, Corto ha estado en muchas partes. Algunos años antes de la muerte de Hugo Pratt comenzó a entrar en los museos y desde entonces no ha dejado de frecuentarlos. Recuerdo dos exposiciones particularmente destacables. La primera: “Hugo Pratt, en el Grand Palais”, París 1986. La otra: “Hugo Pratt. Periplo imaginario” en Siena, Italia, el 2005. En los 20 años que separan estas dos grandes muestras, con magníficos catálogos, se han sucedido muchas otras.

No sé cómo se sentirá el Maltés en los museos, acostumbrado a los grandes espacios. Pero, aunque sufra de claustrofobia, tiene que reconocer que le ha hecho un cumplido favor al cómic elevándolo a gran género del arte, y de paso a sus creadores, a los historietistas, a los que antes se llamaba “dibujantes de monitos” y ahora se les acredita como artistas del noveno arte. Hum… ¿será verdad lo que estoy diciendo? ¿No estaré repitiendo otro de esos clisés institucionalizados que tanto hacen reír a Corto?. Digamos que, en todo caso, le ha hecho un gran homenaje a su “hacedor”: el peripatético veneciano.

Hugo Pratt es también un viajero incesante. Y en realidad todas las historias parten de la experiencia personal del autor, que hace seguir a sus personajes los itinerarios que él ya transitó. Todavía niño, partió con sus padres a Etiopía y, si sus primeros pasos en el oficio, los dio en Venecia, su ciudad mítica, que se agranda con los años y que estuvo a punto de convertirlo en sedentario, la verdadera historia de Hugo Pratt como narrador en cuadritos comienza en Buenos Aires. En 1950 llega con otros artistas italianos (Mario Faustinelli y Alberto Ongaro) a la ciudad del Plata contratado por la editorial Abril. En Buenos Aires conoce a Héctor Osterheld, que será el escritor de las primeras tiras importantes que dibujó. Osterheld es también el creador de Mort Cinder, otro clásico del cómic y, mientras más lo releo, más me convenzo de que es uno de los mejores escritores argentinos. Digo todo esto porque es probable que fuese en el trabajo conjunto a Osterheld donde el “tano” desarrolló su gran talento narrativo. Es probable también, que fuese en Buenos Aires donde descubrió un estilo que hará de Corto Maltés uno de los personajes más fascinantes de nuestra época. Pienso que puede haber sido en la lectura de Borges donde aprendió sabiamente a mezclar fantasía y realidad, a hacer verosímil lo fantástico. Debe haber sido frente a “Pierre Menard, autor del Quijote”, que Corto se dijo un día “no hay nada escrito que no pueda ser reescrito”, y que fue leyendo a ese viejo mentiroso y sabio, cuando sintió admiración por la Cábala y los gnósticos y descubrió a Hipatia, la neoplatónica, y al falso Basílides. Que fue allí donde reencontró sus recuerdos de infancia, cuando su abuela lo llevaba a visitar el viejo gueto con sus sinagogas celadas en Venecia. Finalmente, tampoco importa si fue así o no. Lo único que interesa es que todo esto puede haberle servido a Pratt para hacer viajar al Maltés entre la realidad, el esoterismo y la leyenda. Le sirvió para imaginar “Fabia di Venezia” y “Les Celtiques”.

El interés de Pratt por América Latina es permanente. Uno de sus últimos álbumes, titulado Tango, donde vuelca sus recuerdos de calles, milongas, amores y compromisos, lo atestigua. Asimismo, dedicó varias historias a

Brasil, donde dialoga con indígenas de la selva, encuentra y trata a cangaçeiros y se entremete en ese mundo que transita entre la realidad y la

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magia, en el que todavía queda la sabiduría umbandá y las orixas de los ritos espiritistas africanos. Cuando la Mae es la primera jerarquía en esta religión, a menudo es vista como una mujer mítica, a semejanza de Boca de Oro.

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Pero también su nomadismo intelectual le permitió a Pratt crear un héroe que no es como los otros.

¿Qué tiene Corto de especial?
En primer lugar, que no es un héroe. “Yo no soy un héroe”, dice en “Otros Romeos y otras Julietas”, y de verdad no lo es en sentido tradicional. No es un héroe oficial, no está con la historia sino con la contrahistoria. A menudo la historia oficial (parece decir el autor en “Concierto en O menor para arpa y nitroglicerina”) está hecha de mentiras y mistificaciones, de personajes creados como banderas para sostener una causa. Incluso se da el caso de que el héroe oficial sea el traidor y, a la inversa, que el traidor sea el verdadero héroe. Como en Thomas Quincy, cuando sugiere que el verdadero héroe es Judas, pues su acto era necesario para obligar a Jesús a revelarse como el Mesías esperado (Judas Iscariote, 1852). Corto Maltés no es un héroe, es simplemente un hombre y un aventurero honesto; no en el sentido de una honestidad o una ética institucionalizada, sino en un alcance profundamente humano. 225mDesde que se le ve por primera vez en la La Balada del Mar Salado, Pratt lo presenta como alguien demasiado individualista e indisciplinado, y lo califica de “subversivo”. Es que Corto se ríe de todos los valores oficiales. En realidad es un anarquista cuya personalidad se precisa a lo largo de sus historias. “No creo ni en dogmas ni en banderas”, dice en Fabia di Venezia, y Pratt lo define como un héroe libre, precisamente porque no tiene patria. Ser maltés es un poco como ser de ninguna parte.

A diferencia de los autores satisfechos con interpretar gráficamente una historia que se ha hecho célebre, Pratt se inspira en la historia pero la reinventa continuamente, uniéndola a la leyenda y al mito. Hasta el punto de que se transforma en algo totalmente autónomo frente a la historia oficial. Ello no le impide, en todo caso, valorar política o éticamente los acontecimientos.

Sus relatos pasan por el revés de la Historia. Va desmitificando todo: la guerra, el coraje, la hombría, la visión de la mujer, el colonialismo… Hablando de la Guerra del 14, dice que puede comprender “una guerra revolucionaria, tal vez, pero no ésta”. Pero, no nos equivoquemos. Corto no es un revolucionario. Es demasiado escéptico para caer en las grandes frases, sus leyendas son como las canciones de Brassens, no intentan cambiar el mundo, simplemente no lo aceptan, y rechazan las reglas del juego.

Si Corto no es un héroe moral, tampoco es el clásico héroe de historieta. A diferencia de Tintín, por ejemplo, el maltés no impone nada. No lleva sobre sus espaldas ningún cartel publicitando de los valores de Occidente. No es un modelo etnocéntrico. Más bien representa el fin del héroe colonialista y el origen de otro personaje central en los cómics: el aventurero ecuménico, guiado por una distinta visión del hombre, por los valores de la comprensión, del respeto del otro, de la interculturalidad, consciente de su propia insuficiencia y abierto a aprender de las diferencias culturales. Corto no es un “héroe salvador”, un héroe occidentalista que va a restablecer el orden y actúa en medio de un pueblo pasivo, impávido e inerme, que es un mero objeto, y en el mejor de los casos, un “objeto para liberar”. Es inconcebible que un álbum de Corto termine como Tintin en el Congo, con los negros exclamando: “Tú eres nuestro héroe salvador”.

Cuando Corto se encuentra en medio de situaciones conflictivas, él es un testigo, a lo más un acompañante. No es él, sino los hombres involucrados quienes toman en sus manos su propio destino, como lo hace Cush en Los Etíopes o Tiro Fijo en la Amazonia. La presencia de Corto simplemente evalúa las circunstancias y la acción de las potencias coloniales y la de los héroes populares.

Por otra parte, Corto es profundamente antirracista. Su visión del otro está libre de todos los clisés de barbarie que imponía una antropología de principios del siglo XX y que reproducían (y continúan reproduciendo) muchos mass-media. Clisés destinados a exaltar el valor de Occidente y a perpetuar a través de ellos viejos lugares comunes: el del “occidente civilizado frente al oriente bárbaro”, el de “la cruzada católica”, el de “la misión colonial”, el del “peligro amarillo”, etc. Dentro de esta lógica no era preciso comprender nada. Las creencias de los bárbaros eran supersticiones, los sacrificios humanos eran puro salvajismo y su manera de pensar,, irrisoria. El bárbaro estaba más cerca de los peligros de la naturaleza que de las bondades del hombre. A cambiar esta visión del otro ha contribuido, sin duda, enormemente Levi-Strauss (y los cómics pueden contribuir aún más). El Pensamiento salvaje, que desecha la idea de que el pensamiento primitivo se caracteriza por la ingenuidad, el infantilismo y la superstición, tuvo una gran influencia en muchos dibujantes de cómics. En la mayoría implicó una vuelta de tuerca a la imagen del “buen salvaje”. Pratt, en cambio, fue más lejos, negándose a reducir al otro a no importa que disyuntiva maniquea. Sus indios no son copia del buen salvaje, como el etíope tampoco lo es del buen negro. Ni el blanco es el blanco cartesiano. Todos son seres humanos, individuos, y no representaciones colectivas. Así, en Pratt hay indios y negros buenos y malos, al igual que hay asiáticos y europeos buenos y malos. Lo que le interesa es la dignidad del hombre y, cuando interviene un no-europeo, Pratt se sitúa en sus lógicas, en su manera de pensar y de ver el mundo. Los describe mirando a Corto desde sus propios valores, sin ingenuidad. Todo hombre es igual a otro (parece decir Pratt), lo que los separa, como grupos es que a menudo poseen visiones diferentes del mundo. Pero no hay una visión superior. Muchas veces, en sus historias, la visión de los otros resulta más comprensiva, más humana que la del propio protagonista.

Rompe Pratt con una serie de estereotipos. En primer lugar, con el tópico del “primitivismo pre-lógico” que reproducía la historieta hasta comienzos de los años setenta. Una caricatura que infantilizaba a los indígenas y consideraba supersticiones y hechicerías sus creencias. Corto reivindica la magia y las leyendas, que no son vistas por él como contrarias al espíritu científico, como superstición, sino como un conocimiento distinto, como una dimensión de lo inexplicable para los no iniciados. “Yo amo las leyendas” dice en Venecia. Y, ni las leyendas ni la magia son pintadas como algo inquietante y amenazador o utilizadas para subvalorar otros mundos. Al igual encuentra Corto la magia en el Orinoco que en Harrar o en Stonehenge, en la gran planicie de Salisbury. Y, finalmente, cree tanto en el esoterismo gnóstico como en que un guerrero africano se transforme en leopardo que habla o en la existencia de Morgana y Merlín que lo incitan a defender a los elfos de Inglaterra contra los Trolls y los Dwarfs del Rhin y de la Selva Negra, que amenazan con desembarcar en la Isla junto con los submarinos alemanes.

Pero la verdad es que hasta aquí hemos continuado con el impulso con que nos arrastra el personaje de Corto y hemos dicho poco de Pratt, don Hugo. Es necesario hablar de él como creador y maestro de un género en que se mezclan inextricablemente el arte literario con el arte gráfico. Repetir lo que se ha dicho sobre sus virtudes, sus influencias… de quién las ha recibido, a quién las ha dado…, no tiene sentido. Que es un discípulo de Milton Caniff, ¿acaso no lo son todos los que a partir de los años cuarenta cambian la pluma por el pincel y se juegan en el arte del claroscuro? Hablar de cómo ha desarrollado una línea única, un trazo personal… Es que es lo menos que se le puede pedir a un artista después de cuarenta años de trabajo. No quiero tampoco compararlo con los grandes escritores de aventuras, porque su arte es único y porque el cómic existe por sí mismo como escritura. En Pratt hay páginas fuertemente literarias como la que inicia “Vudú para el Señor Presidente”, otras que revelan una concepción cinematográfica, como “A causa de una gaviota”, y otras en que la narración gráfica se impone como un segundo relato que nos deja en unas pocas viñetas situados en el ambiente de la aventura. Maravilloso ejemplo es el de la primera plancha de “Los hombres leopardos de Rufiji”, donde Pratt, en una serie de viñetas dignas de Vasarely, se entrega a un juego óptico de blancos y negros que son a la vez el rayado de las cebras y el escudo de los guerreros masai. Pero, en todas estas planchas, es el conjunto del texto y la imagen lo que crea la tensión narrativa.

La exposición en el Grand Palais, hecha en el marco de “Venise a París”, es soberbia. Muestra las más bellas planchas en blanco y negro de Pratt y muchos originales en color, desconocidos. Sin olvidar, por cierto, los grandes murales, más recientes, en los que figuran, descompuestos en viñetas, un poco al estilo de Andy Warhol, los pasos de un tango y los uniformes de la guardia del palacio de Buckigham. Además, los italianos que son grandes transformistas, han dado a las salas del Grand Palais la apariencia de los ambientes venecianos por los que se pasea Corto. Así, de pronto nos encontramos en medio de esa escondida plaza en el barrio del ghetto, rodeados por pequeñas puertas, cada una de las cuales nos conduce a otra aventura de Pratt.

Y no menos impresionante resultó la exposición inaugurada en Siena en el 2005, diez años después de la muerte de Pratt, que muestra el encanto de sus dibujos. Pratt amaba la aventura y las mujeres. Dejó atrás de sí un abanico de mujeres soñadas y vividas que no cesaron de enamorar a otros dibujantes. Manara no pudo resistir la tentación de evocar a “Boca de Oro” con toda la sensualidad que ponía en las suyas.

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Yo había pensado terminar como comencé, hasta que me entró la duda, diciendo que la exposición del Grand Palais consagra el cómic como arte mayor. Pero la verdad es que ella no consagra nada. Los Museos, eso sí, son espacios privilegiados donde el arte del cómic se expone. Pero hay otros que son mucho más frecuentados y donde el cómic se siente más a sus anchas, precisamente por su carácter popular. Son las ferias y los salones del cómic; como el que tuvo lugar en Zaragoza. La exposición del Grand Palais sólo muestra que ya se instaló el hábito de situar al cómic del lado de las artes. Sobre todo, porque en los tiempos que corren, él es la literatura y el arte de una nueva sociedad. Un arte y una literatura de masas, y que puede ser de enorme calidad. Cuántos inmensos escritores (y pienso en Osterheld, “desaparecido en Argentina”) han dado al cómic lo mejor de su talento. Sabido es que el propio Cortázar no desdeñó el género y se aventuró con un par de historias. La más interesante, Fantomas contra los vampiros multinacionales, publicada originalmente en México. Y cuántos notables dibujantes y pintores han preferido el cómic a las galerías. Son pocos los artistas que Europa ha reconocido como grandes estos últimos años. Por el contrario, ¿cuántos de los más notables talentos plásticos de nuestra época se han dado a conocer en los cómics? Pienso en Druillet, Moebius o Gir en Francia, Manara, Crepax, Buzzellí, Toppi y el propio Pratt en Italia; y en España, Blasco, Marotto, Palacios, De la Fuente, Calatayud, Brocal Remohi y la Escuela Valenciana…, por mencionar unos pocos. En Argentina, Salinas, Brescia, Altuna, Muñoz, Trillo, Nine…; y de Chile menciono sólo uno, que me impresionó en su originalidad, el joven mapuche Huenchumil..

Ni el cómic como arte, que ya había sido lanzado por la gran exposición que se realizó en 1967 en el Museo de Artes Decorativas en París, ni Hugo Pratt, reconocido por todos como gran maestro del cómic europeo, necesitan más ser “consagrados”. Ni mucho menos Corto Maltés, aventurero de un sueño perdido en el mundo moderno; de un sueño de simplicidad, de libertad sin grandes discursos y de diálogo con el otro. Corto es el héroe de un mundo que perdió su fe en el progreso. La verdad es que él no podría vivir en la era de la tecnología y de la tecnocracia, rodeado de aparatos electromecánicos, donde el “time is money“. Carecería de la calma necesaria para la aventura. Es por ello que Hugo Pratt más de una vez dijo que lo haría desaparecer en la Guerra de España. No fue así… no le alcanzó el tiempo. Nos dejó en la duda en 1995.

La aventura no existía, pero todos sus lectores imaginamos que Corto, que había nacido en Malta en 1887, terminaría sus días luchando en la guerra civil española del lado de la República. Estoy convencido que fue en el Frente del Ebro en 1938. Aunque Girardino, que dibujó por Pratt el último capítulo de la historia de Corto, afirma que fue en Málaga en febrero de 1937.

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