Confesiones y recuerdos de María Celeste

Miguel Rojas Mix
Director del CEXECI.

Siempre he sido admirador de la celeste, y siem­pre he identificado celeste con Uruguay. Hasta el punto que cuando Pablo Neruda me llevó a conocer su nuevo mascarón de proa, que acaba­ba de instalar en la casa de Isla Negra y me dijo que se llamaba María Celeste, quedé convencido de que era uruguaya. Siempre —repito— he sido admirador de la celeste, tal vez porque cuando niño me tocó ver en Santiago de Chile una final de la Copa América, entre Peñarol y River Plate, en la que después de ir ganando 2 a 0, el arquero de River, Carrizo, paró un tiro con el pecho haciendo sorna de los uruguayos: como si Peñarol fuera un equipo facilón. El gesto de Carrizo  los indignó a tal punto, que se le fueron encima y el partido terminó 4 a 2 en favor de Uruguay. Al convertir el último tanto, un delantero le gritó a Carrizo —creo que fue el negro Spencer—: «Parala con el pechito ahora». Siempre he estado por los chicos contra los grandes y por los débi­les contra los fuertes, por lo que el triunfo de Peñarol me satisfizo, vi manifestarse una justicia cósmica. Vi triunfar el espíritu davidiano (del David bíblico no del pintor francés) y lo sentí como una constante urugua­ya, pues ya se había manifestado en Maracaná, en el Mundial del 50, cuando Uruguay, contra todos los pro­nósticos, venció, con goles de Schiaffino y Ghiggia, al Goliat del fútbol, a Brasil.

Lo que es seguro es que esta simpatía por los orientales (otro nombre que se les atribuye), me llevó más tarde, cuando mi preocupación por América Latina se hizo quehacer cotidiano, a interesarme por sus artes y sus letras, su vida política y su cultura popular. Uruguay es una tierra, agi­tada por el tango, el fútbol, Artigas, la orientalidad y la proximidad de Buenos Aires y calmada por el matear sereno, amargo y constante. Un país chiquito (en un momento lo llamaron «paisito») con muchos grandes hombres por kilómetro cuadrado. Se puede decir que el Uruguay artístico, el Uruguay literario y el Uruguay futbolísticos son mucho más grandes que el Uruguay geográfico.

Los primeros uruguayo que me enseñaron cosas fueron sus maestros pintores. Figari me mostró cómo se explo­raba lo criollo con las virtudes de una gran pale­ta, Torres García, que unió en su gramática de formas a Viracocha con Picasso, Mondrian y Klee, me reveló el camino para ser americano, fagocitando y recreando las vanguardias (no por casualidad se sentía tan próximo del poeta chileno Vicente Huidobro hasta el punto de dedicarle uno de los pocos retratos que le conozco en el más puro estilo de cercle et curré); y, más tarde, en un estrecho convivir, Gamarra me instruyó sobre cómo se hace arte de protesta sin abandonar lo real maravilloso. Cómo se puede encontrar en la selva la anaconda ser­piente y revivir con ella la «Anaconda Copper Mining». Sobre lo que era la solidaridad americana me instruye­ron todos los artistas uruguayos, primero cuando parti­ciparon en el Encuentro de Artistas del Cono Sur, sien­do yo director del Centro de Arte Latinoamericano de Santiago de Chile, en 1971; y, posteriormente, cuando masivamente donaron sus obras para constituir el Museo Allende y apoyar su experiencia política en Chile.

Otro tanto aprendí de sus letras. Galeano que ha hecho el mejor reportaje a la historia de Nuestra América, me abrió a mi y a toda una generación las venas con una indignación que nos llevó, por razones éticas, por los caminos de la utopía —aun cuando hoy, en la rodada del neoliberalismo, se nos tilde a todos de perfectos idiotas latinoamericanos, y hasta se escriba un Manual para demostrarnos que el mercado es lo único que vale y que los ideales son peligrosos y delic­tivos: cum viña rosunt, peccat qui recte facit (Cuando el ser vicioso beneficia, obrar moralmente es delinquir), decían los antiguos—. Onetti cauterizó esas venas con buena literatura. Y nos llevó por los sentidos de la vida hasta el sinsentido de la muerte, hasta el cuando ya nada importa…

En los años de exilio, uruguayos, argentinos y chilenos aprendimos una historia común. Recorrimos los caminos de Europa y América. Entonces con Cortázar, Benedetti, Galeano, Gelmann, por mencionar­los sólo a ellos, ocupamos cuanta tribuna se puso a nuestro alcance para denunciar las dictaduras. En una de esas tribunas yo hice nido, en la extremeña, desde donde redacto estas líneas.

El exilio nos aclaró aún más, por si fuera necesa­rio, que teníamos una historia en común. Y Uruguay que, quizá por su dimensión davidiana, es uno de los países con más sentido continental de América, se lanzó decidido en el proceso de integración de Mercosur y sus aledaños, que en definitiva es el único camino que podemos seguir los americanos para entrar en la lógica geopolítica del próximo milenio.

Todo ello está presente en este libro. Pero tam­bién lo están muchos personajes inolvidables. Próceres, amigos y alumnos que pueblan mi imaginario y se atropellan en mis recuerdos comenzando por Artigas, los imperecederos Schiaffino y Obdulio Várela, señores del balompié, y siguiendo con los dibujitos de Peloduro de Suárez, y las caricaturas de Menchi Sábat.. Amigos con quienes hemos compartido laboriosidades y pláticas, Germán Cabrera, Miguel Bresciano, Nelson Ramos, Carrozino, Olga Larnaudie, Dilma, Gamarra, Peluffo, Musto, Galeano, Guarga y el imponderable Brovetto… Y, antes de ellos Ángel y Carlos Rama. Amigos que erraron conmigo entre conti­nentes. Amigos, cómplices, y alumnos. Muchos perdidos de vista, pero nunca olvidados. Así como todos aqué­llos que tuve ocasión de recibir cuando en el verano extremeño de 1997, realizamos en Jarandilla de la Vera el curso del cual este tomo es el producto.

El Centro Extremeño de Estudios y Cooperación con Iberoamérica, CEXECI, inicia con Uruguay: Socie­dad, Política y Cultura. De la Restauración Democrática a la Integración Regional, una colección de libros que bajo el título ExtremAmérica publicará y reeditará obras de creación y de ensayo, destinadas a activar y ampliar el diálogo cultural dentro de la Comunidad Iberoamericana. Esta colección continúa la labor edi­torial que el CEXECI ha iniciado con la publicación de Con eñe, revista de cultura hispanoamericana. Extrem­América aparece como una colección en el marco de las «Ediciones multisello», destinadas a publicar libros que serán coeditados por diversas instituciones de América y de España. Ediciones originalmente en lengua española, pero que aspiramos a que conozcan una versión portuguesa, al igual como quisiéramos introducir en nuestro catálogo obras escritas en portu­gués.

Entre sus próximos títulos, la colección Extrem­América prevé: Chile 2000; Centroamérica: paz, transi­ción, gobernabilidad; Paradiso de Lezama Lima; Entre Marx y una mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum; Altazor de Vicente Huidobro.

Con el inicio de dicha colección, el CEXECI con­tinúa e intensifica su política de diálogo extremeño-americano, que se ha ido consolidando exitosamente a lo largo de los cuatro años de existencia de nuestra ins­titución: a través de la revista Con eñe, de los Cursos Internacionales Iberoamericanos, convocados cada julio en Jarandilla de la Vera, a la sombra del Monasterio de Yuste, desde su programa «Memoria de América», del «Encuentro de Rectores Iberoamericanos» que forman la Red de Extremadura, y de los numerosos seminarios y congresos que realiza tanto en Extremadura, cuanto en los que participa como patrocinador junto a las ins­tituciones locales en diversos países de América Latina. Sin olvidar su programa de exposiciones, marcado por el deseo de intercambio artístico (otra forma del diálo­go extremeño-americano) y por la conmemoración de fechas señeras para nuestras relaciones, verbi gratia este año el centenario de 1898, la guerra hispano-esta-dounidense en Cuba y el homenaje a una generación que marcó el pensamiento y la cultura a ambos lados del Atlántico. Para conmemorarla, el CEXECI ha fra­guado una exposición : El 98 en la caricatura política.

Con el desarrollo de las señaladas actividades, a las que ahora se agregan las «Ediciones multisello», en las cuales hay un importante aspecto de cooperación cultural, pues están destinadas a que puedan participar como editores países que tienen mercados restringidos para el libro, el CEXECI se mantiene fiel al mandato recibido de sus dos instituciones patrañas: la Junta de Extremadura y la Universidad de Extremadura, en cuyos respectivos estatutos se establece que deben mantener relaciones constantes y preferentes con Hispanoamérica y Portugal.

Uruguay: Sociedad, Política y Cultura. De la Restauración Democrática a la Integración Regional, que inicia la colección ExtremAmérica, nació de un curso con el mismo título realizado en Jarandilla de la Vera, en el mes de julio de 1997. Este curso, organizado por el CEXECI y la Universidad de la República, debe mucho al dinamismo de su rector, el Ing. Jorge Brovetto, a quien las convenciones no me permitirían agradecer (pero igual lo hago), porque figura como autor y como coeditor de este libro. Las jornadas de Jarandilla terminaron con un debate sobre la transición, que fue transcrito en su esencia en el NQ 2 de la revista Con eñe: «Uruguay: transición, cultura e integración en el círculo de tiza gardeliano». En él participaron, ade­más de los uruguayos, Rodrigo Borja, ex-presidente del Ecuador, Joaquín Villalobos, ex-comandante de la gue­rrilla salvadoreña, Carlos Altamirano, ex-secretario general del Partido Socialista Chileno y Juan Carlos Rodríguez Ibarra, actual presidente de la Junta de Extremadura. Nos ha parecido conveniente en esta oca­sión, ya que en su versión libro el debate se cierra sobre Uruguay y que lo esencial de sus intervenciones fue transmitido por la revista, transcribir tan sólo las intervenciones del Vicepresidente Gonzalo Aguirre, del Vicepresidente y actual embajador de Uruguay en España, Enrique Tarigo y del General Líber Seregni, en este orden, que es el de sus intervenciones.