Bryce Echenique : Otros mundos para Julius: del “Tente en el aire” del modelo señorial hasta el “No te entiendo” del neoliberalismo.

En Un Mundo para Julius, Alfredo  Bryce describe un universo que fue el nuestro, el de una generación que llegó a la adolescencia en los cincuenta, y a la madurez en los sesenta; un mundo que ha dejado de existir. Es por ello que Alfredo precisa en su dedicatoria que No me esperen en abril es el adiós a una época.

La sociedad en Un Mundo para Julius se mueve entre el modelo señorial y otro extranjerizante. En el primero, de raigambre hispánica, católica y tradicional, se apoyaba la oligarquía: una casta donde todos eran primos, en particular para obtener prebendas;  al otro aspiraban las clases medias ascendentes: era el del american way of life, de sectores sociales que pretendían ser una burguesía moderna. Ahí nadie era pariente de nadie. Cada grupo vilipendiaba al otro. Para los oligarcas éstos eran el medio pelo, cholos, decían en el Perú, rotos y siúticos en Chile; para las clases medias, las oligarquías eran señoritos, niños bien, estereotipos de fin de raza con una distinción afectada, y un “buen gusto” basado en el antañón estilo colonial y en la modernidad high-life-airport, como Juan Lucas…

Juan Lucas es un estereotipo y un modelo. Sus sobrinos quisieran ser como él (Julius, 1991,261), entrar en el molde‑imaginario-machista‑aristocratrizante que el galán propone; porque Juan Lucas antes de ser un ser de carne y hueso es un histrión y el personaje no deja ver al ser de carne y hueso ¿O no existe?  También lo es Susan. La mujer de la oligarquía reducía su vida a un mínimo de actividades para matar el ocio y darse buena conciencia, mientras sus maridos se entregaban a la vidorra (Julius, 309)…: construcción de la casa nueva, antigüedades, obras de caridad, beneficencia, etc. Ningún interés que tuviera la mujer representaba un real valor. Juan Lucas critica a Susan cuando ella decide ayudar a los pobres de las barriadas: “‑ ¡Susan!,  ¡mujer!, ¡Ayer eran las puertas viejas! ¡después, la misa con el chico éste! ahora descubres que hay pobres en el hipódromo, eres francamente ¿co jo nu da! ¡Salud !  Sigue, sigue…” (Julius, 160)

Un contrapunto de clase extraordinario es el que existe entre Susan y Arminda: la niña bien y la lavandera. Ambas de más o menos la misma edad. “Pero Arminda envejecía extrañando a su hija… Lavando, imaginándose que a su hija le pegaban, ese hombre nunca se casaría con ella,… sabía que la vida era así,  dura .. como la piedra, por eso era mejor pegarse a la seguridad, ponerse al servicio de una familia,… cuando somos pobres la vida se repite siempre…”(Julius, 125).

La sociedad colonial se expresaba en un modelo de familia tradicional: hombres muy hombres y madre señora muy digna, leyendo en el dormitorio(Abril, 1995, 43) Dignidad vacía y aburrimiento perpetuo. La aventura y el sueño los ponía el cine y el imaginario hollywoodense,  una ilusión de ser y una nostalgia de no haber sido, que reproducían las canciones más populares.

Era una esquema característico de América Latina hasta la década de los setenta. Los indios, los cholos o los rotos no contaban: estaban ahí, “hechos piedra”, como dijo Keyserling en sus Meditaciones Sudamericanas; cita que les gustaba repetir a blancos y blanquiñosos. La verdad es que estaban más bien hechos mierda,  destinados al servicio de los unos y los otros. Se les consideraba un lastre, y “repugnantes” para la “buena sociedad”: “Mati le había contado a su mamá que en el colegio había un serrano, nada menos que un indio del Callejón de Huaylas, mamita, y que eso podía ser contagioso y, en todo caso, era repugnante”(Abril, 189).

Sin embargo, no por ser ya una sociedad del pasado Julius deja de vislumbrar el futuro. Anuncia el triunfo de la extranjería, de los que Bryce llama bisiness man, y que hoy llamaríamos yupis . Julius vive su infancia en una sociedad fuertemente estratificada, dividida, más que en clases, en castas. Basta dar vuelta un par de páginas, para ver aparecer la pirámide social: Nélida la selvática, Celso el indio, Vilma la chola, Carlos el chofer negro‑uniformado. Todos en la base de la pirámide en cuyo copete se encuentran Susan, criolla blanca. Blanca, al igual que Juan Lucas y el propio Julius. Cada uno tiene su sitio según su color en la sociedad pigmentocrática. A Vilma se la invita a tomar té, pero en la cocina, donde es su lugar natural (Julius, 28) El Perú de los cincuenta reproduce el modelo hispanico‑señorial: la sociedad de castas que venía desde la Colonia. Aludiendo a esta pervivencia, Mariátegui señalaba que en el Perú -que para él seguía siendo una sociedad feudal- la clase estaba doblada por la raza.

¡Viva la oligarquía vasca! (Abril, 200). Con ese grito se lanzó a la pelea en el Colegio San Pablo, Pepín Necochea.

La oligarquía, que se reconocía como castellano-vasca, no sólo se sentía dueña del país, sino la única clase capaz de progreso. Para eso mandaban a sus hijos a los colegios privados extranjeros. Estudiar en ellos era un certificado de prestigio, incluso al Colegio San Pablo, para llevarlo a más, lo llamaban Saint Paul School. Como no dejaba, sin embargo, de hablar de que el país no tenía remedio, atribuía el fracaso del Perú al pueblo. ”¡Qué podemos hacer con un país donde abundan serranos como éste!”, dice la madre de Mati, después de haber asimilado un serrano a un auquénido (familia a la que pertenecen las llamas- Abril, 189).  Compartía el pesimismo de Alcídes Arguedas, quien en  Pueblo enfermo, hablando de Bolivia, afirmaba que si el país había fracasado en su camino hacia la modernidad, era un fenómeno de patología política, consecuencia de que la sociedad en su seno tenía un freno, un elemento retardatario: el indio, el mestizo, el cholo. Ya lo había señalado para el Perú y en francés, tal vez para escapar al derrotismo castellano de la época, García Calderón. En Le Pérou Contemporaine, publicado en 1907, lo consideraba un país latino y a los indios “una nación dominada por un atavismo triste y profundo” . Años más tarde Víctor Andrés Belaúnde reiteró en  Meditaciones peruanas (1923), el  pesimismo autojustificador de la oligarquía, declarando: “El Perú está enfermo”.

Lo grave era desclasarse: venir a menos. Para eso la sociedad se defendía creando un sistema estanco de clases,  a través de los colegios privados, los clubes exclusivos, los matrimonios “entre primos”, la ordenación de la ciudad… Hay barrios “altos” Miraflores y San Isidro y barrios de negros: La Victoria (Abril, 57). La ciudad está marcada por bastiones exclusivos: El Country Club, el Club de Golf. Lo importante es separar las clases, impedir los encuentros molestos Un tío abuelo quiso mucho a una que no era de su condición. Le prohibieron que la viera y finalmente la llevaron a las monjas(Julius, 29). La pregunta esencial que le hace Tere a Manongo es ¿Por qué eres amigo de un cholo?

 

Durante la época colonial las castas estaban rigurosamente escalonadas y se reconocían por el color, la condición social, la cultura y hasta por el trabajo que ejercían. Así había el criollo, el indo, el mestizo, el negro el mulato, el zambo y cuando ya el mestizaje alcanzaba grados difíciles de seguir: el “Tente en el aire” y el “No te entiendo”…

¿Cómo se expresan las castas en la sociedad de clases en que vive Julius?

En primer lugar se distinguen por el gusto.  El buen gusto es monopolio de la oligarquía. El cholo aunque llegue a presidente nunca podrá tener los reflejos ni el buen discernimiento del aristócrata. Si hace fortuna se instala en una casa señorial. Acto emblemático. Pero la adorna con tal mal gusto y tanta huachafería que la deja irreconocible, como ocurre con el General Chino Cholo Pendejo y Simpaticón de don Juan Velasco Alvarado (Abril, 223) o  “La huachafísima casa de los zambos Díaz” (Abril, 123)

Las clases se expresan también en el físico, en la belleza: lo cholo es lo contrario de lo bello. “Niños rubios y bonitos hay, pero muchos cholos también”(Abril, 185) Se reconocen por la escenografía simbólica: Hay una comedia del arte con los personajes sociales, cada uno en su papel y con sus atributos:  La oligarquía fuma Dunhill, lleva automóviles descapotables y cuando toma, toma whisky y no pisco. El tío Juan Lastarria, paseándose entre los cuadros de sus antepasados y repitiendo que no hay nada como la tradición(Julius, 53), la representa mejor que nadie, reproduce los valores de La Hispanidad.

Una comunidad que no construye sus propios valores, sin utopía, termina siendo una sociedad mimética. Sus miembros se viven asimismo como personajes con roles ya escritos, se identifican con el papel, personajes que en su mayoría vienen del cine. La descripción de Juna Lucas, corresponde casi calcada a la de Stwart Granger o a los de su estilo: elegante, siempre bronceado, sienes plateadas: el play boy maduro. Hay que recordar que en Alfredo la referencia al cine y a la música popular son permanentes.. En No me esperes en abril a otro personaje lo apodan Tyron Power (52).

La sexualidad y el erotismo de esa generación se expresa a través del cine y de la música.  Bryce reconstruye a través de ellos  el mundo erótico de aquellos que eran adolescentes en los cincuenta. Lucho Gatica y Nat King Cole son emblemáticos: el bolero y el slow, …por lentos:  El onanismo de la música gratificaba a las parejas en una sociedad donde el sexo era tabú y se hablaba de él muchísmo más de lo que se lo practicaba. Era una sexualidad de mucho toqueteo y poca cama, ”de beso con lengüita, culito tocado y tetita manoseada” (Abril , 135).  La música era un discurso. Decía por uno, lo que uno no atrevía a decir directamente: primero el lenguaje del bolero, luego el lenguaje del cuerpo, que sólo se ejercía en el slow, la música para atracar. Pero incluso cuando se producía el milagro de hacer el amor (que en la época, pese al integrismo dominante, no era un pecado sino un milagro),  “cachaban” como en el bolero ese : se daban una cita escondida (Abril, 256)

 

Cuando se cambiaba de barrio se cambiaba de música, y se cambiaba de idea respecto a la emparejadura. Había chicas para ennoviarse y cholas para la cama. “Había  esa música para amar y había Bienvenida Granda, Pérez Prado, Daniel Santos, ah, Daniel más tangos y rancheras en los burdeles para aprender con mal disimulado terror el primer polvo inmundo de mi vida, aunque mienta que nó, que ya hubo otro. Que ya la chola de mi casa” (Abril, 57). La de ese otro mundo era una música para encanallarse. ¡Hasta en la música  y, sobre todo, en el sexo, se establecían las fronteras de clase!

Al igual que entre sus patrones, las actitudes sociales de la servidumbre eran producto de la mímesis social.  Mientras Nilda, echada a la calle, espera el taxi, Julius la escucha hablando, y se sorprende al oir “conversaciones en que los sirvientes se hablan de usted y se dicen cosas raras, mezcla de Cantinflas y de Lope de Vega y son grotescos en su burda imitación de los señores, ridículos en su seriedad, absurdos en su filosofía, falsos en sus modales y terriblemente sinceros en su deseo de ser algo más que un hombre que sirve a una mesa” (Julius, 196).

Y si dedica un párrafo para mostrar la mímesis del plebeyo, dedica todo el libro a mostrar que el artificio es mucho mayor en las “clases altas”, sólo los modelos son distintos…

Mantener la extranjería era muy importante en una sociedad de indios y de cholos, para ser percibido como”persona decente”, como “gente bien”. Por eso los países de América Latina, donde existe un racismo endémico, lejos de sufrir, como los europeos, de xenofobia, padecen de xenofilia. Ser “europeo” -concepto que en la época no comprende al español- es distanciarse del indio y del negro, por el color y por todo.  Por otra parte, engringarse es la alternativa de la modernidad a la sociedad colonial hispánica. Don Alvaro de Aliaga y Harriman y su esposa, tanto por los estudios de él, en Oxford, y los de ella, en Estados Unidos; como por su humor británico y la forma desaliñada  (casual) de vestir, de él, tratan vehementemente de mantener la extranjía en el seno de la mesocracia criolla: el ámbito de lo que ellos llaman de las “tapadas”, para emblematizar la sociedad retardataria. “Cada día queda menos Inglaterra en el Perú” – dice nostálgico don Alvaro (Abril, 16). Lo indígena es lo vulgar. Para sobrevivir -continúa-: “necesitamos hijos ingleses, alguien que nos defienda  de estas malditas tapadas ¿Por qué tienen que ser las mujeres de este país tan españolas?”  (23) “Yo intento traer Inglaterra entera al Perú, en lo que a educación se refiere” (24).

Uno de los méritos de Bryce es darnos una visión de la historia desde dentro, desde la vividura como decía Américo Castro. Despliega ampliamente el escenario social y penertra profundo en la sicología de los personajes, actores de los pasos de una historia del Perú y de América Latina que tiene el día por afán. Hay dos dimensiones del conocimiento, dicen los alemanes: Die Erkenntniss y Das Verstehen  y ,  La erudición (DieBelesenheit. ) y la familiaridad. La erudición es parcial, la comprensión global. Bryce nos habla desde esta última. Llega a todos, pero en diversos grados. Sin perjucio del ecumenismo literario, la obra toca especialmente a un lector de primer grado, aquél que comparte las vivencias de esos tiempos.

Cuarenta años después, dos veces Dumas, ha triunfado la extranjería, se ha impuesto un modelo;  en que ni siquiera pensabamos en los años sesenta: el neoliberal,  el del pensamiento único, de la globalización: en el que los McDonald’s reemplazan a las chifas y las picanterías, y que los niños conocen a los incas a través de las aventuras rocambolescas del Pato Donal y su tío cicatero, expresiones culturales de un modelo que desdibuja la identidad nacional y que tiene su más señalado turiferario precisamente en otro escritor peruano.

¿Cómo es la sociedad peruana de fin de siglo y de milenio, en que el neoliberalismo se ha erigido en desiderata planetaria? ¿Hay una obra o un autor que haga la radiografía del país en  los noventa como hizo Bryce la de los seesenta? Es posible que muchos especialistas respondan adelantando nombres y títulos. Que me perdonen los especialistas, pero yo, que soy un simple lector, todavía no lo veo.

Miguel Rojas Mix