BOTERO, Fernado (Bogotá , Colombia 1932- )

Miguel Rojas Mix

Por su estilo que recoge el legado del arte popular, así como por la exploración de lo cotidiano, el arte de Botero se profundamente americano. Gordos, de una gordura impresionante, son sus personajes y gordo es el mundo en que ellos se mueven. Gordos son no solo los hombes, las mujeres y los niños, gordos tambien son las casas, las paredes de los muros, los manteles, las tejas…, en gordos se transforman los personajes de los cuadros célebre, cuando Botero hace de ellos pastiches (perífrasis) que en realidad no lo son, pues son auténticos Boteros. Nada es copia ni réplica en él después de haber pasado por su óptica. Hacer un Caravaggio gordo, un Rubens o un Velázquez ya es una proeza. Pero ¿qué me dicen de hacer una sandía o un melón gordos?, cuando son lo redondo, lo rotundo por antonomasia. Si se dice de alguien: “está  como un melón”, es porque no puede estar m s gordo. Ahí est  el talento del colombiano y su maestría de pintor. Su imagen en realidad habla de la identidad. De esa deformación, donde desde la época colonial, los filósofos encontraban lo americano. La “imagen inflada” que él ha compuesto le permite apropiarse del mundo y devolverlo colombiano.

Múltiples son los temas que desarrolla en sus cuadros: desnudos, retratos, autorretratos, escenas de costumbres que, cuando no se trata de burdeles, recuerdan las tablas votivas; paisajes; bodegones, en los cuales encuentra un placer particular en pastichar a Zurbarán o Luis Meléndez. A ellos se añaden las versiones de las obras de los grandes maestros de la pintura; en particular Velázquez.

La multiplicidad temática es unificada por el estilo: Botero es el estilo. Una técnica académica al servicio de la “deformación”. Es un gran estudioso de las recetas de taller de los maestros. En su obra hay un verdadero inventario de ellas. Recupera técnicas olvidadas en nuestro tiempo: el pastel es una de ellas, y ha llegado a tratarlo con una perfección sólo comparable a los maestros del siglo XVIII;  . De su paleta todo tiene que salir “gordo”. La permanencia de su “manera” -como no pensar que Botero es un “manierista”; o un “antimanierista”, puesto que los manieristas preferían más bien las figuras espigadas-. La permanencia de su “manera”, decíamos, es un canon de representación, lo que él llama “forma expresiva divergente”. Y en esto es comparable con otro manierista, de quien parecería la antifigura, El Greco. Sin dejar de lado el humor, que hace desaparecer el carácter caricaturesco que tendría un cuadro aislado tratado de esa manera. “Yo no pinto gente gorda”, declara; busco los volúmenes monumentales. “Puede que resulten obesos, pero eso en el fondo no me interesa. A mi me interesa la voluminoisidad formal. Eso es otra cosa”. A la vez, su gusto constante por la rotundez hiperbólica lo hace estar al margen de todas las modas; incluso durante mucho tiempo de las vanguardias. No encajaba en ningún -ismo, salvo que el “gordismo” fuera uno. Por esa razón durante su estadía en Nueva York se vio  discriminado y rechazado. Un crítico del Art News diría de él: “Sus figuras son fetos engendrados por Mussolini y una campesina débil mental”. Pero esto ha cambiado. En los últimos años, después de la crisis de direcciones del post-modernismo, lo que interesa en el arte parece ser la originalidad no condicionada por movimiento alguno: así se explica no sólo el éxito de Botero, sino también el de Bacon y el de Frida Khalo, igualmente inclasificables.

Decíamos que el arte de Botero crea identidad. Nos referíamos a que su arte es profundamente latinoamericano. Dice Vargas Llosa en un bello ensayo para un bello libro dedicado a la obra del colombiano: “No es necesario haber visto personalmente los pueblos colombianos de Antioquia en los años cuarenta, para reconocerla realidad social subyacente en el mundo de imágenes de Botero. Todo lo que, yo veo en él pertenece sin duda al Perú de mi infancia… Cada latinoamericano descubrirá  en este calidoscopio de imágenes, sensaciones, sueños, costumbres determinadas, típicas por completo de las ciudades y los pueblos de todo este continente”.

Su idea de “forma expresiva divergente”, su tratamiento “deformado” de los temas europeos, ya era una práctica en los escritores y artistas coloniales que afirmaban a través de la deformación su americanía. Sor Juana Inés de la Cruz, parte del estilo de Góngora para crear un mundo personal, y son muchos los pintores y arquitectos que “americanizan” los modelos importados y transforman a las Vírgenes y los santos en santos y Vírgenes criollas. Variando los modelos, cambiando en los bodegones las manzanas y limones europeos, por papayas y guayabas; dando un tinte oscuro, amulatando, la tez de los ángeles, enfatizaban lo americano. El propio Botero insiste en su pertenecía a un mundo que tiene una especificidad cultural, que le puede permitir dialogar con Europa, sin imitarla: “Para mí, una personalidad como Rivera tiene máxima importancia. El nos mostró a nosotros, los jóvenes pintores de América Central, la posibilidad de practicar un arte que no tiene porqué estar colonizado por Europa. El mestizaje me atraía, la mezcla de cultura autóctona y de cultura española”.