Bilbao, un pensador latinoamericano nacido en Chile

 Al concluir la primera década del siglo XXI gran parte de los Países de Nuestra América se encuentran preparándose para celebrar el Bicentenario de la Independencia de América Latina. Una celebración que en rigor histórico cubre casi un siglo. El movimiento independentista se inicia en Nuestra América en 1810 y se extiende en la América del Sur hasta fines de 1824, cuando Sucre con un ejército de patriotas de todo el continente derrota en Ayacucho al último ejército español. La dimensión hispánica y continental del hecho, no debe hacernos olvidar que antes,  al iniciarse el  siglo, en 1804, Haití había pronunciado su independencia conjuntamente con la abolición de la esclavitud y que sólo en 1898 Cuba se independiza de España –aunque quedó sufriendo y luchando contra otro imperialismo,  bastante más fiero  que se inicia con la Enmienda Platt. Y no digo Puerto Rico porque acabó asociado a los faldones de los EEUU. En suma, durante todo el siglo XXI se conmemorará la independencia de América Latina, un continente que en el momento de la Independencia todavía no se llamaba así. Fue Francisco Bilbao quien le dio este nombre, por eso es oportuno recordarlo ahora.

Fue Bilbao el primero que habló de América Latina en una conferencia dada en París el 24 de junio de 1856 y que se conoce con el título de Iniciativa de la América. Utilizó allí incluso el gentilicio «latinoamericano». En es­critos posteriores, habla de « raza latinoamericana».Tres meses después, el 26 de sep­tiembre, José María Torres Caicedo, también en París y probablemente presente en la conferencia de Bilbao (2), escribe en  Las Dos Américas:

La raza de América Latina al
frente tiene la sajona raza.

Un apresurado especialista en  estudios latinoamericanos, John Leddy Phelan,  hizo autoridad durante años  afirmando que el término América Latina había aparecido por vez primera en 1861en la Revue Races Latines, y que sólo más tarde habría sido empleada por los propios americanos, por Carlos Calvo y José  María Torres Caicedo,   pero no antes de 1864. La tesis, aparte de llevar la idea subyacente de que los latinoamericanos no eran responsables ni siquiera de su propio nombre, complacía a los franceses y éstos la divulgaron  convenciendo a españoles y americanos.

Todavía hoy circula este infundio entre autores cortos de información. Incluso en la última edición del Diccionario de dudas y dificultades para la lengua española, Manuel Seco repite que los vocablos Latinoamérica, América Latina y latinoamericano fueron creados en Francia en 1860  “para arropar la política imperialista de Napoleón III en su intervención en México”. Agrega que, ambas locuciones, fueron rápidamente adoptadas por escritores hispanoamericanos residentes en Francia.

Personaje subversivo, marginal de la historia, Bilbao es difícil de encajar cuando se cuenta la historia oficial y, tal vez por eso, historiadores y filósofos lo olvidan. En la época, sin embargo, su impacto sobre la intelectualidad del continente y en los filósofos progresistas franceses fue relevante ¿Quién no lo cita? En América, tanto liberales como conservadores; para alabarlo o denigrarlo. En Europa, Lamennais, Michelet y Quinet man­tuvieron con él una nutrida correspondencia. Quinet lo llama «cher Pon­cho» (por Pancho, diminutivo de Francisco) y lo menciona en Le Chris­tianisme et la Révolution française. Madame Quinet le rinde homenaje en Mémoires d’ exil. Entre los americanos es él quien sirve de referencia cuando se habla de identidad. Hostos repite otro de los nombres agracia­dos acuñados por el chileno y que sigue aludiendo a una asignatura pendiente en nuestros  países: «Los Estados Desunidos de América, como el buen Francisco Bilbao llamaba a los de América Latina.»

Bilbao fue un auténtico y precoz nómada intelectual. El exilio fue su tierra, las ideas su bandera. Pensador de un liberalismo radical, tomó permanentemente partido por la libertad y los oprimidos; francmasón, defendió el laicismo contra las prácticas conventuales, sensible a la multiculturalidad escudó la identidad indígena frente a un Sarmiento exterminador de la barbarie (3) ; inspirado de una idea continental  proclamó la integración frente al nacionalismo estrecho. Murió en Buenos Aires  a los 42 años (1823-1865). A los 11 años había partido acompañando a su padre en exilio al Perú, cinco años. A los 20  tuvo que expatriarse en Europa, como consecuencia de la publicación en “El Crepúsculo”, revista de Andrés  Bello, de Sociabilidad chilena, donde criticaba duramente la iglesia.  El escrito  causó escozor en el clero y la aristocracia santiaguina (4) Acusado de sedición fue sometido a juicio y condenado por blasfemia e inmoralidad. Bilbao no cejó en sus críticas a la religión católica, particularmente en sus Boletines del espíritu (1850), que le costaron ser excomulgado. La Europa que lo recibió en los años 1844-1850, era una sociedad sacudida por doctrinas, estilos e inquietudes, donde la república tomaba conciencia social. La agitaban  los movimientos obreros, el socialismo utópico, el anarquismo y el socialismo científico, Prouhdon, Marx, Bakunin,  el feminismo de Flora Tristán, abuela medio peruana de Gauguin y de quien Marx dijo que era “una precursora de altos ideales nobles”. Y ¿cómo olvidar a los románticos: Lammeanais, Quinet o Michelet, que influyeron tan decisivamente en Bilbao?  Recorrió Europa y fue testigo de la cadena  de revoluciones que agitaron el año 1848. En París, estuvo presente en la revolución de junio de ese año y fatigo las calles siguiendo el enfrentamiento de los grupos populares con la burguesía. En el peregrinar tomo conciencia de los problemas de los desposeídos y de la ferocidad del colonialismo. Imbuido de este espíritu al volver a Chile funda “La sociedad de la Igualdad” y organiza la revolución liberal de 1851. Consecuencia: vuelve a salir en exilio, de nuevo al Perú. No regresaría más. En 1854 fue deportado a Guayaquil, pero volvió al Perú. En 1855 abandona Perú, se confina  dos años en Europa, y en 1857 se reinstala en Buenos Aires.

El chileno no sólo fue el primero en utilizar la noción, sino que le dio un sentido muy distante de las concepciones de la «latinidad» de entonces. Precisó la idea de América Latina como un paradigma de identidad anticolonial. Incluso el hecho de haber dejado de utilizarla es coherente: La abandona cuando ve que, en nombre del panlatinismo, las tropas de Napoleón III invaden México. Bilbao des­de La Tribuna, de Buenos Aires, advierte: «América está en peligro».

En la dedicatoria a Edgard Quinet y Jules Michelet con que abre su América en peligro: esclarece  «Tu los has dicho Michelet: El derecho es mi padre y la justicia es mi madre. Ahora bien, tu padre y tu madre maldicen la Francia. Ustedes saben cuánto he amado vuestra patria… Temo que hoy día el perjurio aceptado y glorificado por la gran mayoría de los franceses, no haga detestar la Francia por el univer­so»

La visión anticolonialista de Bilbao comienza con la crítica de los as­pectos eurocéntricos de las nociones de progreso y civiliza­ción. En Carta a Miguel Luis Amunátegui de octubre 28 de 1861, habla de la doctrina vulgar del progreso como de un sofisma que hace desaparecer bienes, pueblos y verdades, y retroceder la dignidad, la fraternidad y la prosperidad de las naciones. Le parece un sofisma porque bajo la capa de la civilización no se pretende sino imponer la dominación política. Y si critica el colonialismo europeo, tampoco escatima las políticas criollas. La misma falacia advierte en las actitudes “civilizatorias”  de Francia y de los Estados Unidos que en la política clasista y racista de un Sarmiento. En  La América en peligro (1863), discurre: «El conservador se llama progresista… y el civilizado pide la exterminación de los indios y de los gauchos.»

La América en peligro y El Evangelio Americano (1864) fueron escri­tos justamente después de producirse la invasión francesa. En El Evange­lio muestra a América nuevamente amenazada de ser conquistada por Europa. Frente a esta contingencia es preciso salvar «la civilización americana» de la «invasión bárbara de Europa» (Invierte el paradigma civilización/barbarie). La violencia y la arbitrariedad, el imperialismo y el afán de conquista han cambiado los términos. La civilización se hace barbarie cuando no se rige por la idea del derecho. Agresora, pues, Europa se vuelve bárbara. La civilización se transforma en engaño. Nada lo muestra mejor que la estúpida afirmación de las «grandes potencias» de que civilizan conquistando. El progreso es, así, un arma de doble filo. Todo depende del lado del que disparan los cañones. La ciencia es barbarie cuando sirve para producir la guerra. Más o menos los mismos argumentos desarrollarán, en los preámbulos de la Primera Guerra Mundial, los anarquistas y los impugnadores del progreso.

Cuando la civilización se hace puramente poder, éste lo pervierte todo. La perversión del poder falsea la conciencia, y alcanza incluso al lenguaje: la palabra se prostituye y va a coronar la evolución de la mentira. Así el civilizado pide el genocidio del bárbaro; o el golpe de Estado se legitima diciendo que la civilización ha triunfado sobre la barbarie (5)

Bilbao se enfrenta a Sarmiento en un artículo: «Los Araucanos». Re­chaza la política de destrucción y, por el contrario, propone incorporarlos mediante un proceso de aculturación, que preserve su identidad, y en el cual sean guiados por el ejemplo moral y por la educación. Es todavía el indianismo humanitario del diecinueve, pero se opone radicalmente a la visión genocida del proyecto de sociedad del argentino. (6)

Dondequiera que lo encuentre, rechaza el imperialismo. Resentido con Francia, dice: Y ésta es la nación que hemos elegido «para que nos sirva de modelo en literatura putrefacta, en política despótica… » (7) Hay que liberarse del servilismo espiritual de Francia, bajo cuyos encantos él mismo confiesa haber caído.(8) De ahí nace su crítica a la civilización. Es el imperialismo el que ha introducido la gran hipocresía de la palabra «civilización», con la que cubre todos sus crímenes.

Las teorías progresistas o idealistas de la historia ‑como más tarde las positivistas, que jerarquizan las sociedades en movimientos «ascendentes»- son una legitimación del dominio que ejerce Europa sobre el mundo en nombre de la civilización. El modelo histórico de los «tres estados», entonces en boga para interpretar el curso de las naciones, y en cuya cima se encuentra «el reino del espíritu», ha servido únicamente para que los alemanes y los franceses se ubiquen en él y se conviertan en la encarnación del espíritu y de la «civilización», porque la civilización es el último esta­dio del triunfo del hombre sobre la naturaleza (9)

Antes, en Iniciativa de la América (1856), había denunciado la política imperialista de los Estados Unidos en el sur, que acababan de anexar la mitad del territorio de México, e intentaban imponer su modo de vida: el individualismo. Y de paso denuncia también al paneslavismo por su  aspiración a extender la servidumbre rusa:

Vemos imperios que pretenden renovar la vieja idea de dominación del globo. El imperio ruso y los Estados Unidos, potencias ambas colocadas en las extremida­des geográficas, así como lo están en las extremidades de la política, aspiran, el uno por extender la servidumbre rusa con la máscara del paneslavismo y el otro la dominación del individualismo yanqui. Rusia está muy lejos, los Estados Unidos están cerca. Rusia retira sus garras para esperar en la asechanza; pero los Esta­dos Unidos las extienden cada día en esa partida de caza que han emprendido con­tra el sur. Ya vemos caer fragmentos de América en las mandíbulas sajonas del boa magnetizador, que desenvuelve sus anillos tortuosos. Ayer Texas, después el norte de México y el Pacífico, saludan a un nuevo amo. (10)

Asume una posición antiimperialista dentro del contexto de la época: el imperialismo de bloques culturales. Imperialismo o imperialismos que se empeñaban en enfatizar la misión de una raza o un pueblo, simplemen­te para consolidar la hegemonía de una nación. A ese imperialismo le aplica el epíteto de «barbarie»: Rusia, «la barbarie absolutista»; Estados Unidos, «la barbarie demagógica».(11) Y, justamente, para oponerse a los Es­tados Unidos, evoca una entidad común: la «raza latinoamericana», que hará la segunda independencia, la de la unidad de América del Sur.

Bilbao hacía tiempo que manejaba la idea de latinidad. Antes de 1856 la expresa desde Guayaquil en “Mensaje de un proscrito a la nación chilena”. Ella circulaba ya a comienzos de la década del cincuenta entre los que formaron la Sociedad de la Igualdad en Chile, como lo prueba su  Carta a Santiago Arcos de 1852: “Demos el grito de “pan y libertad” y la estrella de Chile será el lucero que anuncia la luz que ya viene para la América Española, para las razas latinas que están llamadas a predominar en nuestro continente”.

Bilbao considera  el continente americano compuesto de tres partes: la latina,  la sajona y la indígena. Cuando habla de unión se refiere a la unión de América Latina. Para él esa es la unión que constituye las fronteras naturales y morales de la  patria, “porque la unión es el verdadero patriotismo de los americanos del Sur” (El sur para él es el sur del Río Bravo). Esta unión,  bajo la forma de una convención del Sur, regada por el Amazonas y el Plata y sombreada por los Andes,  es el cuadro de la identidad americana y latina, que ha de perpetuar la raza y permitir la creación de la gran nación americana”. Sólo esta unión pensaba en los años cincuenta podía detener el avance de los Estados Unidos. Sólo ella podía defender la libertad, el sistema republicano y la democracia.

Su noción de América Latina es fundamentalmente antiimperialista. No nace del pan latinismo (sin perjuicio de que pueda haber acuñado esta denominación cuando estaba en Francia y frecuentaba esos medios); nace de una afirmación de independencia frente a todo tipo de imperialismo: frente al yanqui, que ve amenazando a México, Nicaragua y Panamá; frente al francés, que ha invadido México, y frente a todas las políticas colonia­listas de los «pan… ismos». Así escribe a Miguel Luis Amunátegui: «Nos hemos de libertar de todas esas fementidas tutelas. ¡América libre! es todo un programa. Los ilustrados son los más siervos en América. Pero la reacción empieza.» (12)

Por lo demás, su idea de integración se concreta en su texto sobre el Congreso Normal Americano. Congreso  que, convocado-señala-, se ocupará especialmente de los puntos siguientes, procurando convertirlos  en leyes particulares de cada Estado: conceder la ciudadanía universal, presentar  un proyecto de código internacional  , un pacto de alianza federal y comercial,  abolir las aduanas inter-Americanas, uniformizar del sistema de pesos y medidas, crear un tribunal internacional, un sistema de colonización de las grandes áreas desiertas, de educación universal y de educación para los bárbaros, la formación del libro americano y la creación de una de una Universidad Americana, en donde se reúna todo lo relativo a la historia del Continente, al conocimiento de sus razas, lenguas americanas, (Insisto en esta idea porque todavía estamos tratando de realizarla);  de un diario  y de fuerzas armadas comunes. El resto son propuestas de trámite.

Además ser uno de los iniciadores de un pensamiento político revolucionario que crecerá en el siglo siguiente, Bilbao es el creador de la noción moderna de América Latina. Una América que, más que por la lengua, se define por el sentimiento anticolonial y antiimperialista y por su proyecto de futuro, que es la integración. Sentimiento que tiene una larga historia de luchas y de ideas en nuestra América y que es necesario relanzar con ocasión del Bicentenario, en particular frente a nuevos procesos de colonización como los que acarrea el neoliberalismo con  el Consenso de Washington y la globalización que uniformiza el mundo en el mercado, convirtiendo todo en mercancía. En particular amenaza la educación que es un pilar esencial para mantener viva la idea de América Latina.

Estamos empezando a conmemorar el Bicentenario de la Independencia en América Latina. Hay que recordar a Bilbao porque él fue el creador de este concepto de identidad que hoy suscribe el continente.  Un pensador se recuerda en sus obras. Casa de América ha seleccionado seis ensayos: Sociabilidad chilena, Carta a Santiago Arcos, El Evangelio americano, La América en peligro, Boletines del espíritu,  El Congreso Normal Americano”.  Ellos dan testimonio del pensamiento esclarecido de Bilbao y de la dimensión y pertinencia de  sus compromisos. En particular los latinoamericanos  tenemos que reivindicar y difundir a este latinoamericano nacido en Chile, pues su pensamiento forma parte de nuestro patrimonio intangible.

NOTAS

1. Prólogo al, Evangelio Americano. Francisco Bilbao., Casa de las Américas, La Habana, Cuba 2008. Sobre un  mayor desarrollo del pensamiento de Biblao y su vigencia en el siglo XX, ver Rojas Mix: Los cien nombres de América. Eso que descubrió Colón, Lumen 1991. Hay dos ediciones más, en la Editorial  de la Universidad de Costa Rica (1997) y en la Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentinaa, (2004)
2. Donde según el propio Bilbao en un Post-Dictum “había treinta y tantos ciudadanos pertenecientes a casi todas las Repúblicas del Sur”
3.  “Los Araucanos”
4. Todavía hoy Bilbao es tema de polémica para los sectores conservadores, como lo demuesra el debate espisatolar en El Mercurio (29.05.08)  en torno a una reciente publicación: Bilbao, el autor y su obra
5. La América en peligro (1863).
6. Idem.
7. Idem
8. Idem.
9. Hegel subyace en el pensamiento de Franisco Bilbao por su influencia en Quinet y Michelet. “Remedos” de las ideas de Hegel fueron difundidas por Victor Coussin, quien su vez influyó en que Edagard Quinet tradujese Ideas sobre la la filoofía de la historia de la humanidad de Herder. Por medio de Coussin se relacionó Quinet con Jules  Michelet, que aseguraba que no encontraba nada en Herder que no le fuese familiar gracias a su detenida lectura de Vico. Hegel, Herder y Vico han sido pensadores básicos para quienes han querido situar  a América en el marco de la Historia Universal .
10. “Iniciativa de la América. Idea de un Congreso Federal de las Repúblicas»
11. Idem.
12. Idem, Carta a Miguel Luis Amunátegui, op. cit., p. 191.