BALMES: Las huellas del hombre en las cosas.

              Si algún acontecimiento marcó defintivamente la vida y la actividad de Balmes, ese fue, sin duda, la Guerra civil Española.

José Balmes Parramón nació en Montesquieu, Cataluña en 1927. Un pueblo en las montañas de los Pirineos, donde se hablaba más catalán que castellano, y donde la gente vivía un día si y otro también ensimismada con su afán: un afán hecho de la crianza del cerdo, algo de artesanía, un poco de industria, incipiente, y una gran taberna para la tertulia en la plaza. Poco se sabía de lo que pasaba más allá de las montañas vecinas; tenía que tratarse de un hecho realmente conmovedor o para informarse había que ir hasta Barcelona: un viaje historiado en la época y todavía nada cómodo. Pocos, pues, supieron que ese año se creó la compañía nacional de transporte aéreo: iberia, se fundó en el seno de la CNT, la Federación Anarquista Ibérica (Fai), falleció el pintor Juan Gris, ni que el año siguiente García Lorca publicó el Romancero Gitano, Buñuel estrena Un perro andaluz, Escrivá de Balaguer fundó el Opus Dei y un oficial de incipiente barriguita y futuros galones de general, fue nombrado director de la Academia Militar, donde para el acto inaugural recibió en honores a otro general, del cual él continuaría la estirpe: a Primo de Rivera. Acontecimientos éstos que, aunque fuesen pocos los que se enteraran en el pueblo, tendrían gran significación en la vida de Balmes.

El hecho realmentre conmovedor para Montesquieu, porque lo fue para Cataluña, España y todo el planeta, fue la noticia de la sublevación de los militares contra el gobierno de la República que en Melilla, el 17 de julio de 1936, iniciaron elementos de la Falange, apoyados por la Legión y que se extendió rápidamente por toda España. Entonces Montesqieu tuvo su primera conmoción.

Envuelta en la guerra civil, el sobresalto desgarrador, después de la terrible batalla del Ebro, fue la noticia en 1939 de la derrota de la República y el exilio en Francia de su líderes. Balmes con su madre, y tantos otros, inició la larga marcha que habría de llevarlo, pasando por los campos de Francia, a Chile.

A Chile entró por una puerta histórica: la que abrió Neruda con el Winnipeg.

Nunca olvidó esta etapa de su vida, pues creó en él un sentimiento y una conciencia que habrían de aflorar, cuando su obra llegó a la madurez, para constituir lo más significativo de su identidad como pintor. Una identidad hecha de pintura, de buena pintura, y de circunstancia. “Yo soy yo y mi circunstancia” decía Ortega y Gasset. En Balmes la “circunstancia” era el cotidiano de la vida y de la política, frente a la cual él tomaba posición; el “yo” era su pintura, que lo hacía a él como pintor y como hombre.

La chispa que precipitó este hacer saltó, a mi entender, cuando en abril de 1965 los marines usamericanos invadieron Santo Domingo. Iban a impedir el restablecimiento del gobierno constitucional, que era apoyado masivamente por el pueblo que pedía la vuelta del gobierno de Juan Bosch recientemente depuesto por un triunvirato golpista. Entonces Balmes realizó sus primeras pinturas “comprometidas”. Las hizo en una forma plástica muy distinta de lo que había sido el arte militante, y en el otro extremo de lo que era la estética del “brazo fuerte”, hasta entonces único lenguaje oficial para expresar las vivencias políticas.

Balmes se había formado como pintor en la Escuela de Bellas Artes de Santiago, donde tuvo como maestro a Camilo Mori, quien lo incitó a abandonar la pintura académica y aventurarse por el camino de las vanguardias, que en los años cuarenta eran el surrealismo y las diversas abstracciones.

Salvo un período inicial donde asimiló las lecciones de Cézanne y se concentró en los bodegones, Balmes orientó sus pasos por un camino entre la abstracción y la figuración. Buscaba la liberación del color, ya que detestaba la dependencia ramplona del “color local”, buscaba crear un espacio propio, esencialmente plástico, y no de trampantojo, para, dentro de él, darle a la realidad una nueva significación. Los medios pláticos, en particular los que le ofrecía la gramática de la abstracción, estaban destinados a resignificar o a intensificar, subrrayando, la realidad.

Esto se manifestó aún con mayor claridad, cuando su estilo se adecúa al modo de hacer de los informalistas. Balmes se encontró, desde Chile, con la escuela catalana, y su obra se acercó especialmente a Tapiès, Guinovart y Rafols Casamada.

Eran cuadros con mucha materia que parecían recrear por trozos la corporeidad de los objetos, de los muros coloniales, o de las paredes agredidas de las barriadas populares. Eran abstractos, sí, pero figurativos o realistas, porque eran trozos de la realidad y no mundos de puro color y forma. Igualmente era un informalismo criollo y no ajeno, porque los trozos de realidad que plasmaban en el cuadro, eran “nuestros”. Si de trozos muros se trataba, eran muros de nuestros barrios.

Pero a diferencia de otros artistas “informales”, más que la huella dejada por los objetos, le interesaba la huella de la vida dejaba en los objetos, él no cosificaba la pintura, vitalizaba las cosas. Por eso le fue fácil el paso a un arte de mensaje, donde lo esencial era el fragmento, portador de una vivencia. Entre otras cosas, porque dicho trozo, torso o rostro, así enmarcado, contenía una memoria, y desde ella se proyectaba un mensaje.

Fue al llegar a esta madurez cuando aconteció Santo Domingo. Entonces nos encontramos. Inciaba yo una serie dedicada a los artistas chilenos en los Anales de la Universidad de Chile, de cuya redacción me ocupaba, y decidimos publicar el primer número con uno de los cuadros de Santo Domingo en portada. En aquella obra, hoy desaparecida, Balmes había recuperado toda la tradición española de un arte que luchaba por la libertad, pero referida a un acontecimiento americano. Una tradición estética muy distinta de la que venía de los mexicanos, de Posada o de los muralistas, o del academicismo partidista del realismo socialista. Una tradición que, con estilos diversos, pero con el mismo espíritu, se había levantado contra la ocupación y la barbarie de la guerra; una tradición que venía desde Goya, pasaba por Guernica, alcanzando hasta las recientes estéticas que aparecían como anti‑franquistas.

El recuerdo de la obra de Picasso estaba en la forma en que recreaba el suceso, la actualidad: con collages de trozos de periódicos; en cambio el sentimiento, lo expresaba con la materia, el impasto y el color, en una técnica semejante a la que empleaba el grupo Deu al Set en Cataluña, pero con un sentido diferente: el color era simbólico. En la adhesión a esta forma expresiva, Balmes no sólo era catalán, sino que reconocía lo que este grupo, junto a otro formado en Madrid: El Paso, representaban. Conjuntamente habían abierto un espacio a la sublevación estética, frente a la resginación en que el franquismo mantenía la creación desde 1939.

El viraje definitivo en su hacer plástico se producirá en 1967, con motivo de la muerte de Ernesto Che Guevara. Entre 1967 y 1968 prepara una exposición de homenaje al “guerrillero heroico”, que me cupo inaugurar en Bonn, en pleno Mayo del ’68, donde entonces me encontraba viviendo. Documentada en fotografías (en particular en la famosa de Korda, que acuñó la imagen romántica del revolucionario) la exposición mostraba fragmentos del rostro y del torso del Che, inscritos en grandes manchas de color, velados por collages de periódicos o desdibujandose en ágiles trazos de carboncillo, pero sobre todo hablaba de la utopía revolucionaria.

Este viaje fue decisivo en la evolución de Balmes, pues confirmó un giro de su arte hacia el militantismo que habría de durar cerca de 25 años.

Entró en él, eso si, por una puerta distinta de sus antecesores, sin pasar bajo las horcas caudinas del realismo socialista. Porque las circunstancias eran distintas.

En gran medida porque el estilo de hierro del realismo socialista se encontraba ya bastante debilitado. Había sido una de las consecuencias del XX Congreso del P.C.U.S. (1956), que no sólo había inaugurado la coexistencia pacífica y abatido el culto a la personalidad en política, sino que también había abierto la via de la coexistencia con el arte y la cultura de las vanguardias occidentales, buscando el camino para un socialismo mejor adpatado a las realidades nacionales. Por esa brecha se habían lanzado ya los artistas del cartel cubano con la verba del pop y del op‑art, Balmes los siguió con el lenguaje informalista.

Sus telas se fueron sensibilizando cada vez más frente a lo político y se inscribieron abiertamente en el llamado “arte de protesta”. Los accidentes del muro, que obsesionaban a los Tapiés, comenzaron en él a tomar formas y convertirse en textos, las manchas se hicieron sombras, siluetas, más y más figurativas, incluso narrativas; insitó en los collages de periódicos que anunciaban los sucesos, desarrolló un técnica particular del retrato, que seguió siendo una mancha, y agregó los grafittis que sobre el muro informal, dejaban el mensaje. Naturalmente su evolución desembocó en el cartel, que durante el período de la Unidad Popular llamaba directamente a defender el gobierno legal y a luchar contra la subversión: “No a la sedición” es una de sus imágenes más conocidas. Otras son la serie de grabados que nacieron de su lectura del Canto General, y que representaron un reencuentro con el poeta que había hecho de él un pintor chileno, que hizo de él un transterrado (no un desterrado) pues Balmes es uno de aquéllos que vivieron siempre esa “doble‑patria‑una” de que hablaba José Gaos en México.

Durante el período de Salvador Allende, Balmes participó conjuntamente con muchos otros artistas e intelectuales en un gran movimiento de apoyo a la experiencia socialista. Un apoyo que venía desde dentro y desde fuera. Desde dentro porque el arte y la cultura parecían una de las formas más convincentes para hacer entender los grandes cambios que se proponía el régimen, y desde fuera porque la experiencia original de Allende despertó el interés y conmovió la solidaridad internacional.

Desde dentro no fueron sólo los artistas profesionales los que usaron el lenguaje de la cultura, hubo experiencias de todo tipo, inéditas y orginalas. De ellas soy testigo, pues muchas nacieron del Instituto de Arte Latinoamericano, que entonces dirijí. Una de las más interesantes fue la de las brigadas muralistas, en las que jóvenes sin gran preparación artística, salieron a pintar los muros para comunicar al público, en un juego de formas y colores, los grandes propósitos o los mensajes solidarios de la experiencia chilena. Los muros hablaron: “los niños nacen para ser felices”, decían, o pedían “solidaridad para Angela Davis” y para todos los desterrados de la Tierra… Los artistas y el propio Balmes, no tardaron en integrarse al trabajo de estas brigadas, participando en la realización de grandes frescos en las calles de Santiago, algunos de enormes dimensiones, como fue el que se hizo a lo largo de los muros del Mapocho.

Desde fuera los artistas apoyaron la experiencia regalando un fabuloso museo a Chile: El Museo de la Solidaridad.

El 11 de septiembre de 1973 comenzó el segundo exilio para Balmes. Durante la llamada “decada perdida” se reunieron en Europa artistas de toda América. El éxodo que habían inciado los brasileños el 64 y el 68 lo continuaron los chilenos y poco después llegaron los argentinos y los montevideanos. Fueron años de intensa actividad cultural. En todas partes se trató de organizar la solidaridad para pedir el restablecimiento de la democracia. Los escritores e intelelectuales concurrían a innumerables foros y ocupaban las tribunas de la reprobación a ambos lados del océano; los artistas, por su parte, se organizaron en brigadas internacionales de pintores y difundieron su mensaje en los más remotos muros del Viejo Continente. Balmes participó en varias brigadas de pintores contra la dictadura, que dejaron su mensaje en los muros de muchas de las que entonces eran municipalidades de izquierda, asientos de instituciones solidarias y tercermundistas y hasta conventos, desde las cercanías de París hasta lo que entonces eran muros socialistas: en Praga, Varsovia…., sin olvidar más acá de esta frontera la bella Vencia, la gastronómica Lyon o la severa Bruselas.

Las brigadas se compusieron y recompusieron, pero el grupo más mentado fue sin duda el que formaron junto con Balmes, Gamarra, Cueco, Le Parc, Neto, Ernest Pignon el joven, Marcos…

Los años de exilio en París fueron también de numerosas exposiciones individuales y colectivas, muchas en el Espacio Latinoamericano, en la calle “Roi de Sicile” en la judería de París, que logro unir durante un período de varios años a la colonia de artistas latinoamericanos en París.

Durante esos años, Balmes continuaba comunicando sus circunstancias, expresando en cada obra sus sentimientos y su opiniones, continuaba dejando una huella de su paso por el mundo. El arte simpre termina en biografía y en autoretrato (aunque nunca se toque este género), y en particular el que malamente llamamos “comprometido”, puesto que no se puede ser artista sino se asume un compromiso con el propio oficio y con la vida: se puede ser gráfico, diseñador, decorador, ilustrador y hasta pintor, pero no artista. Ser artista es un grado más de todos estos oficios, es el grado del compromiso existencial. Es una huella que se puede seguir. La obra del artista es como la baba del caracol, decía Francis Bacon. Ese compromiso existencial es el que Balmes fue dejando, y de alguna manera sigue dejando en sus obras más recientes: en los paisajes en que necesita adentrarse a la hora del desexilio para recuperar el sabor de una tierra de la que lo alejaron tantos años; en una serie de camisas que no acabé de verle; lienzos en los que no se trata de lencería, sino de vida. Los paisajes y esas camisas tienen la vida del que los frecuenta y las usa. Son camisas en las que estuvo el hombre. Esa es tal vez la llave para entender lo que ha buscado la pintura de Balmes: Dejar la huella del hombre en las cosas, la estela de la existencia.

Miguel Rojas Mix