ARCO 97

La décimo sexta edición de ARCO, la Feria Internacional de Arte Contemporáneo, que se celebra entre el 13 y el 18 de febrero en el Parque Ferial Juan Carlos I de Madrid, ha elegido a América latina como protagonista. Cuenta la Feria con la participación  de 212 galerías, de las cuales 98 son españolas,  que representan 30 países. Aparte del  terreno destinado a las galerías, ARCO  ha reservado espacios para coleccionistas, en los cuales,  junto a la Fundación Coca Cola, se alojan algunos museos;  y un área para programas culturales, donde campean instituciones con proyectos de promoción y difusión artística: Casa de América de Madrid, Bienal de San Juan del Grabado latinoamericano, Museo de Arte Moderno de Santo Domingo, y el Contemporáneo de San José de Costa Rica, entre otros.

Bien que su propósito declarado sea que no falten los grandes nombres de cada una de las vanguardias y de las corrientes del siglo XX, la verdad es que esto no  se verifica respecto a América latina. Sea porque grandes nombres de las vanguardias de Nuestra América de este siglo no figuran,  como es el caso de los muralistas mexicanos , de Frida Kahlo o del venezolano Cruz Diez, sea porque están muy mal representados como Tamayo o Matta, o pasan inadvertidos gracias a la ignorancia de los críticos, como es el caso de Arden Quin. El fundador del grupo Madí en Argentina, padre del”arte concreto”, cuelga perdido en un discreto muro de la Galerie Claude Dorval.  Así concluye Pablo Sobisch, en la Guía del Ocio, su crítica a ARCO: “Una cosa es lo que pasa en el arte latinoamericano y otra bien diferente es lo que se puede vender del arte de la otra orilla. Sólo así se puede explicar las notables y significativas ausencias de artistas de gran presitigio como Julio Le Parc, Carlos Alonso, Caballero, Ramiro Orango, Ernesto Deira, José Gamarra o Baldomero Pestana que, al parecer y sólo por razones económicas y de mercado internacional, carecen de cotización y por lo tanto de contemporaneidad” .

Entre los nombres relevantes de los artistas presentados a la venta en ARCO 97 figuran Andy Warhol, Tom Wesselmann, Calder, Moore, Francis Bacon, los españoles Miró, Tapiès,  Antonio Saura, Eduardo Arroyo, Barceló y por cierto Picasso; y  los latinoamericanos Torres García, Roberto Matta, Lam, Soto, Claudio Bravo, Fernando Botero… Tal vez  el mejor expuesto sea el colombiano Negret, de quien presenta una magnífica muestra Luis Pérez Galería.

Los organizadores lo que en realidad quieren es que sean las últimas vanguardias las que protagonicen esta feria. Aparte de los recorridos por el arte de la fotografía, se han organizado los Recorridos Fotográficos ARCO 97 para el que se seleccionaron siete fotógrafos latinoamericanos, les interesa el arte electrónico o cibernético, el videoarte, las video‑esculturas o las video‑instalaciones, y  promover la presencia de galerías especializadas en el arte emergente, el Cutting Edge.

El arte electrónico es considerado el arte del futuro. Se considera una nueva posibilidad de expresión artística y, sobre todo, un nuevo medio de percepción y difusión del arte, que además permite la interacción, gracias a la realidad virtual, entre el artista y el espectador. Desde 1996 ARCO cuenta con un espacio específico en la Feria, en el que se ofrecen conciertos de arte sonoro, arte de ordenadores, video‑escultura y video‑instalaciones. Este año incluso presentó un CD Rom Multimedia de Arte Cibernético, con una selección de las obras creadas en soporte electrónico entre 1995 y 1996.

Catorce galerías forman parte del grupo Cutting Edge. Entre ellas una sola latinoamericana: Valu Oria de Brasil, que expone a Vera Martins, Federico Pinto y Eliana Prolik…, artistas todos que trabajan con “materiales pobres”: telas deshilachadas, botones, cobre, etc… Lo que define el cutting edge es lo insólito de la propuesta: ella pasa por los ingenios mecánicos, los cómics, fotografías, instalaciones y diseños realizados con los más diversos materiales.

Dado el enorme desconocimiento del arte latinoamericano que existe entre los críticos y coleccionistas europeos, por  no referirme al público que recorre los stands, el afán de exponer casi exlusivamente las últimas vanguardias hace aparecer éste como naciendo de la nada,descolgado de su pasado, hijo putativo de las puras vanguardias europeas o norteamericanas. En ese sentido el Fondo Nacional de las Artes de Argentina hizo un opción sensata, presentando una antología del arte contemporáneo en Argentina, a partir de Xul Solar e insistiendo en los artistas representantes de la Nueva Figuración (Ernesto Deira 1928‑1979, Jorge de la Vega 1930‑1971, Luis Felipe Noé 1933‑; curiosamente no figura el cuarto componente del grupo: Rómulo Macció) que se impuso en los 60, frente a las poderosas corrientes abstractas que dominaban desde comienzos de la década.

La paradoja que constatan  los propios españoles, es que ARCO no se comporta como una feria,  se ha transformado en un híbrido indefinible que es sobre todo un espectáculo de masas (más de 150.000 personas visitan la Feria cada año) . Es más una operación de imagen que un mercado. En estas condiciones los organizadores tienen que cuidar especialmente la participación de galerías extranjeras, y teniendo en cuenta que no existe un verdadero mercado, da lo mismo lo que tengan que pagar para que participen. Las ventas, excluídas las institucionales; es decir las que se realizan a Museos o Casas de la Cultura, subvencionadas por los gobiernos locales, son mínimas. En cambio la presencia institucional y todo aquello que poco o nada tiene que ver con  una feria, sigue creciendo. Si en el primer corredor, el principal, campean los stands con las revistas  especializadas en arte o en cultura, la primera línea de pabellones está ocupada por la Fundación Coca‑Cola España, La Consejería de Turismo y Transporte de Canarias, El IVAM,  de la Generalitat Valenciana, el MEIAC, Museo Extremeño e Iberoameriano de Arte Contemporáneo, etc., etc.

Esto por lo que se refiere a las españolas.  Alternando con ellas, la lista de entidades latinoamericanas no es menos impresionante: el Fondo Nacional de las Artes de Argentina, El Instituto de Cultura Puertorriqueña, El Consejo Nacional para la Culturas y las Artes de México, museos de Venezuela, Costa Rica y República Dominicana;  sin olvidar el Museo de Arte Contemporáneo de Santiago de Chile, que ocupa un lugar privilegiado.

A partir de esta constatación resultan casi contradictorias las premisas con que ha organizado la feria el comisario de Latinoamérica en Arco: Octavio Zaya. Respondiendo a algunas críticas aclara: “No es todo lo representativo que yo hubiera querido (se refiere a la selección de artistas) porque hay que contar con un aspecto fundamental en ARCO: es un  mercado de arte y, como tal, las galerías vienen aquí no sólo a exponer, sino también a vender”

La selección ltinoamericana incluye 180 artistas y han sido invitadas 34 galerías. En total 14 países:  Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Cuba, Guatemala, México, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela.  El criterio era “aunar la dinámica del mercado con las tendencias que más se vinculan a la contemporaneidad internacional”.

Aunque en principio las galerías pueden  determinar qué artistas exponen, el comisario tiene decisivas posibilidades de influir sobre ellas, pues la invitación exime de los gastos del stand.

Octavio Zaya es un  canadiense de 42 años residente en Nueva York. Y subrayo nacionalidad y residencia porque no ha faltado quien critique su visión considerándola como ajena a lo que realmente ocurre en la Otra Orilla ‑como simltáneamente se titulaba un evento paralelo en Casa de América.

Más que a los artistas, lo que se ha valorado ha sido el criterio de las galerías. En ese sentido mereció una especial mención la chilena Tomás Andreu, que volvió a presentar en ARCO   a Arturo Duclos,  de quien más que las obras realizadas sobre telas industriales, impresionó su escultura hecha con huesos humanos ¿Una versión postmoderna de un tema que viene del fondo de la Edad Media y que ya cantó el poeta francés François Villon: “Je suis de Macabrée la danse”, y en coplas el español Jorge Manrique: el de  la danza Macabra.

A la par hay que destacar  la filial chilena de la Marlborough, que presenta el mejor conjunto de artistas latinoamericanos, con  Botero, Claudio Bravo, Seguí, etc. Y last but not least la Plástica Nueva‑Isabel Aninat, con una importante muestra de artistas chilenos.  Donde, dentro de lo dicreto de su presencia, es donde Matta aparece mejor expuesto, junto a Lotty Rosenfeld.

Entre los artistas mejor representados deben señalarse a Miguel Angel Río en un one‑man‑show en la galería colombiana Fernando Quintana, a Edgardo Negret, de quien  Luis Pérez Galería da una visión bastante completa de sus más recientes aluminios pintados, al cubano José Bedia que figura en varias galerías, Lilian Porter en la Galería de Ruth Benzacar,  los brasileños Cildo Meireles (Joel Edelstein),  y Tunga (Luisa Strina), el argentino Guillermo Kuitka (Ramis F. Barquet) o el venezolano Fèlix  Perdomo (Sala Alternativa)

Un párrafo aparte merece el chileno, afincado en Australia, Juan Dávila, que expone en la Galería  Greenaway,   no sólo en un one‑man‑show, sino que prácticamente en un one‑man‑work. Dávila que acaba de exponer, a fines del año pasado, en la Galería Gabriela Mistral, un conjunto de obras bajo el polisémico título de “Rota”, es precisamente un artista donde el discurso de identidad está obsesivamente presente. Sus referencias a la historia, sus citas de cuadros emblemáticos de nuestra pintura, vistas a través de un clásico personaje del humor político, como es Verdejo, parecen querer llegar hasta el fondo de la chilenidad, aunque sólo sea para desmitificarla. Y no sólo de la chilenidad,  sino también de una idea de lo popular que recorre la pintura latinoamericana. En sus cuadros abundan las referecias a Juanito Laguna, el personaje creado por Antonio Berni, y que salía de las Villas Miseria de Buenos Aires, así como las figuras de gauchos que recuerdan las dicaces figuras de Molina Campos…Y si uso un adjetivo tan poco usado como “dicaz”, es porque ninguno expresa mejor el espíritu de  Molina Campos, y del propio Dávila: decidor, agudo y chistosamente mordaz.

La presencia  chilena en esta Feria ha sido  importante. Tanto por los artistas que presenta, cuanto porque el Museo de Arte Contemporáneo, constituyó con el Fondo Nacional de las Artes de Argentina, una de las dos instituciones fundamentales que representaron a América latina. El Museo llevó además una particular selección de artistas, entre los que había que mencionar, además de los ya   citados, a los escultores Elisabeth Schroeder y a Hugo Marín, artista éste último que siempre ha lanzado una mirada novedosa sobre la escultura, una mirada que ahora parece penetrar en los fondos de la tradición precolombina.

El propio Zaya reconoce que un gran vacío representa la falta de galerías de los Estados Unidos que representan el arte chicano, galerías que fueron rechazadas por el comité asesor de ARCO, pero que estarán  presentes en ARCO 98, junto al arte de frontera o del Caribe.

La gran pregunta que se plantea la Feria, es si se puede hablar genéricamente de Arte latinoamericano.  El propio comisario se niega a utilizar el término. Se lanza luego sobre la visión que se refleja en los críticos de arte españoles, señalando que no hay ni uno solo que tenga información como para emitir un juicio válido. Sus textos son patéticos  y lamentables ‑comenta: “Demuestran una ignorancia absoluta de lo que ha sucedido en los últimos 25 años.  Están anclados en una visión neocolonial, marcada por una imagen exótica, que no se corresponde con la realidad”.

La gran discusión gira en torno a si es o no disparatado dedicar una feria al arte latinoamericano. Cuestión que  resulta curiosa si uno entra en la polémica y la analiza en sus diversos perfiles.  En primer lugar en el mundo que estamos viviendo nada de lo que se vende en el  mercado resulta disparatado. Lo puede ser en la medida que los artistas  latinoamericanos carezcan de cotizaciones. Por otra parte, si es por la extraordinaria diversidad del arte en el continente, o porque hay países con tradiciones  plásticas que lo hacen diferente por completo al resto de los paises del área, como afirma categóricamente Cuevas refiriéndose a México, hay que señalar que en esto de lo común y lo diverso los matices son muchos y  que lo más disparatado es justamente establecer oposiciones categóricas.

Si hablar de arte latinoamericano podría implicar un criterio común,  hablar de arte en América latina es como referirse a cualquier colectivo que se funde en un espacio territorial,  como hablar de arte europeo, africano o de “american art”, cual dicen los especialistas, sin pudor, olvidando que al aplicar este término sólo a los Estados Unidos, se cargan de un plumazo todas las diversidades de la otra América ¿Cómo olvidar, por otra parte, los fondos comunes que subyacen en la cultura latinoamericana, como olvidar ese mestizaje, matizado sin  duda según los países, por ser unos más indios, otros más afros y otro más europeos, pero todos mestizos? Ese mestizaje que se expresó incluso en personajes emblemáticos de la cultura popular, como en Chile fue el sentencioso Verdejo,   del que hoy hace su leif motif   Juan Dávila ; o que surge como una referencia a la santería ‑de lo cual los críiticos españoles ni se enteran‑ como es el caso del cubano Bedia. ¿Cómo olvidar que todos los países de América latina, durante cuatro siglos compartieron un imaginario común: el del piadoso arte colonial? ¿Cómo no recordar viendo las esculturas de Hugo Marín que hay un acervo de formas precolombinas? ¿Cómo aceptar que existe una literatura latinoamericana basada no sólo en lo real maravilloso y en una idea del barroco, conceptos que les parecen tópicos a los críticos, sino en el mestizaje y el sincretismo, comenzando por la lengua? ¿Cómo creer que estos fenómenos no hayan dejado ninguna huella común en la creación plástica del continente?  ¿Cómo olvidar tendencias propias del arte latinoamericano, que se han expresado incluso a través de los regueros de las vanguardias internacionales, como son las del indigenismo y la negritud?  Ya lo afirmaron hace casi tres cuartos de siglo los artistas de la Semana de Arte Moderno en Sao Paulo y el Manifiesto Antropofágico: que la modernidad en Brasil se creaba devorando las vanguardias y  devolviéndolas brasileñas ¿Cómo negar que el arte en América latina tiene sus propias referencias contemporáneas o vanguardistas, de alcance continental y nacional, como han sido el muralismo mexicano, la escuela de Torres García o el Grupo Madí…? ¿O acaso creen los críticos europeos que América latina no puede crear sus propias vanguardias? Por otra parte si de diversidad se trata ¿Qué es lo que tienen en común Botero con Negret o con Doris Salcedo…, aparte de ser colombianos? Hay tanta diversidad en lo nacional como en lo continental, sin embargo ello no nos impide hablar de arte colombiano, mexicano o chileno, como si fuera una unidad. Lo es, pero de una dimensión que no alcanza a ver el eurocentrismo.

Unalibro que ha aprovechado ARCO como trampolín de lanzamiento: Arte latinoamericano del siglo XX , con numerosas colaboraciones y que edita E.J. Sullivan, se emplea con tal frenesí en la persecusión de los estereotipos latinoamericanos, que termina por proponer otros nuevos y  no menos nocivos. Taloneando la obra de Marta Traba divide a los países en “cerrados” y “abiertos”.  Por cierto que abiertos son los que miran hacia Europa y hacia los Estados Unidos y “cerrado” es, por ejemplo, México,  donde “Aún hoy existen artistas jóvenes que siguen indagando en las tradiciones auténticamente mexicanas” ¿Qué quiere Mr. Sullivan?, ¿imponer un estilo” internacional”  a todo el planeta?,  ¿el arte global? Lo que que en el momento actual quiere decir el que determinen las galerías de Nueva York o Frankfurt, ni siquiera las de París, y  mañana las de Tokio.  ¿Queda espacio en la aldea global para un arte que exprese pulsiones de identidad?: ¿para hablar de un arte chileno?  En la idea de “abierta” que maneja Sullivan ¿no acechará un espíritu cerrado a la otredad?

Dedicar ARCO 97 a América Latina abriendo espacio a casi cuarenta galerías es sin discusión un hecho positivo. Otorga al arte latinoamericano una presencia. Tiene (para mí) el problema que refleja una visión con la cual discrepo, la que considera que sólo es valioso lo que repite lo europeo, lo que llaman de rabiosa actualidad ,  olvidando que el arte latinoamericano no nace de la mente de Zeus, sino de un sinnúmero de afluentes convergentes, entre los  que tampoco debemos desconocer ése al que se refirió Borges cuando sentenció que los iberoamericanos eramos una Europa periférica.  En lo que sí concuerdo plenamente es que ARCO  no es el lugar para decidir o siquiera para plantear por donde va el arte latinoamericano, y menos aún, porque es más grave, para determinar  por donde deben ir el arte o las vanguardias  latinoamericanas. Porque si así fuera, entre otras cosas, dejarían de ser vanguardias.

 

Miguel Rojas Mix