Algunas interpretaciones de la crisis del Imperio Romano

M. A. Rojas Mix

Revista del Pacífico, Año 1 Nº 1, Valparaíso 1964

el estudio de la crisis de la sociedad romana es un curioso fenómeno, pues comienza a perfilarse antes de la cabal realización del fenómeno histórico. Verdad es, y ello lo explica, que pocas épocas han tenido conciencia más clara de lo que estaba ocurriendo y han podido avizorar su destino con mayor lucidez. En efecto, aún en pleno período imperial, muchos autores, alertas a los signos premonitorios, intentaron dar una explicación de un acontecer que veían como inminente. Desde entonces hasta la fecha se han lanzado una serie de teorías para explicar este complejo problema. Casi todas pecan de incompletas y unilaterales, pues señalan un solo factor (las invasiones, el Cristianismo, etc.) como causa eficiente de la “decadencia”.

En tiempos del Imperio, la crisis se atribuyó a un declinar moral. Se estimaba que la decadencia de la moralidad personal era la causa perturbadora de la sociedad humana (Ammianus Marcellinus). Los cristianos veían la ruina en las costumbres paganas; los paganos, en el abandono de las antiguas costumbres y tradiciones republicanas y su reemplazo por nuevos cultos, especialmente el cristianismo.

El primero que abandona estas interpretaciones “pesimistas” es San Agustín, quien aborda el problema desde una visión cristiana de la historia, entendiendo ésta como un proceso que culmina con el triunfo de Cristo en la Ciudad de Dios. De esta suerte, no ve ni crisis ni solución de continuidad en el acaecer histórico, sino un continuo progreso hacia la plena realización del destino humano. En efecto, en De civitate Dei sostiene que Roma, ciudad terrena, estaba destinada a desaparecer, no porque había abandonado el culto a los dioses paganos, como por una necesaria y afortunada preparación para el triunfo de la Ciudad de Dios, donde los hombres debían alcanzar la plena realización de su destino. Según San Agustín, la fase histórica que vivía Roma formaba parte del plan general de la historia universal.

Varios siglos más tarde, cuando comienza a constituirse la historia como ciencia, aparece la que podríamos llamar interpretación clásica de la decadencia romana. La historia de Roma había sido el tema favorito de los humanistas; pero sólo Edward Gibbon, en su History of the Decline and Fall of the Román Empire (1776-1788), logra darle al tema de la decadencia un tratamiento científico. Planteado como una cuestión de historia profana, los hasta entonces obscuros orígenes del cristianismo, procura señalar su significación en el proceso histórico. Las influencias anti eclesiásticas y anticristianas que recibe de Voltaire y la Ilustración, no le impiden tratar el problema con aparente imparcialidad. Enfocándolo con más escepticismo que hostilidad, Gibbon concluye viendo la decadencia, al igual que los antiguos “pesimistas” paganos, como la tragedia de una civilización, producto de la invasión de los bárbaros y del triunfo del cristianismo, tragedia que resume en una frase: “I have described the triumph of Barbarism and Religión“.

En el presente siglo, en que los estudios sobre la decadencia romana se han multiplicado, tal vez si el más significativo sea el de Michael Rostovtzeff, The Social and Economic History of the Román Empire. El autor, de origen ruso, pero que después de la Revolución se trasladó a Inglaterra, fue espectador de los problemas que, en los primeros tiempos de la revolución leninista, se produjeron entre los kulaks y las poblaciones obreras de las ciudades. Es esta perspectiva, forjada en su propia experiencia, la que le lleva a destacar el papel de los conflictos sociales en la crisis del Imperio: Al fracasar las clases altas en extender su cultura a las clases bajas, rurales y urbanas, se crea un antagonismo social entre la ciudad y el campo, entre las clases urbanas propietarias y el campesinado que formaba el núcleo del ejército desde fines del siglo n. Este conflicto le parece ya manifiesto en la violencia que, durante el período de los Severos, desataron los soldados al tomar Bizancio (196) y Lione (197). La sumisión de las masas rurales se transformó gradualmente en un agudo sentimiento de odio y envidia hacia la privilegiada burguesía citadina, sentimiento que se patentiza en la crisis del siglo m, y en la absorción de las clases altas cuando el ejército logra poner sus jefes en el trono. En este antagonismo se van a destruir los fundamentos de la vida económica, social y cultural del mundo antiguo. Pese a lo novedoso del enfoque, no es posible aceptar la tesis de Rostovtzeff, pues descansa en dos fundamentos absolutamente apriorísticos: Que el ejército estaba constituido por un

proletariado con conciencia de clase y que la cultura romana no penetró suficientemente en las masas. Tanto sobre uno como sobre otro punto hay escasas evidencias.

En nuestro siglo, el estudio de la sociedad contemporánea, bajo el punzante sentimiento de una crisis cercana, ha servido para reactualizar los estudios sobre la decadencia de Roma, pues los historiadores “analogistas” han pretendido desde “su perspectiva” comprender el mundo de hoy. En este sentido es Spen-gler, Der Untergang des Abenlandes (1918), uno de los primeros que vincula las características de ambos períodos críticos. En esta obra Spengler bosqueja una morfología de la historia universal y sostiene que las civilizaciones siguen un modelo común, por lo que es posible trazar un paralelo entre el curso de sus vidas. Distingue cuatro fases consecutivas en el desarrollo de las culturas: nacimiento, crecimiento, decadencia y muerte, que él designa, respectivamente, como “etapa preliminar”, “primitiva”, “última” y “civilizada”. En este estudio nos interesa sólo la última etapa, en la que centra su análisis de la civilización contemporánea. El análisis de este período de “Untergang” está hecho siguiendo en sus rasgos fundamentales la decadencia del mundo romano. Spengler la caracteriza con los siguientes rasgos: Desaparición de las guerras nacionales, las que son sustituidas por conflictos internos derivados de la lucha por el poder personal: Es el período de las grandes individualidades, de los cesares, en que predomina la “paz universal” y “el cesarismo”. La Megalópolis es otro de los rasgos distintivos del período. En la gran ciudad (Roma entonces, como Nueva York y Moscú en nuestros días) se centra por completo el curso de la historia universal; todo el resto del mundo es provincia. La gran ciudad engendra un tipo humano característico, el nómada intelectual: individuo que vive enracimado en los grandes edificios de los centros urbanos, deambulando entre los colmenares de casas de renta que existían tanto en el mundo antiguo como ahora. El nómada intelectual es un desarraigado, pues ha roto los vínculos con el hogar, centro piadoso de la vida familiar, y no los puede reemplazar, ya que no admite sucedáneo, aunque en ello se afane creando comunidades de vecinos, ligas y cuerpos de toda especie, etc. Esta ciudad-universo tiene “un giro metafísico hacia la muerte”. El hombre en cuanto raza no tiene deseos de seguir viviendo; su esterilidad y la infecundidad de sus mujeres (la mujer campesina es ante todo madre) ponen fin al drama de la civilización. Por otra parte, la democracia que prevalece en los orígenes es minada por el poder del dinero. Viene la preponderancia de éste, que deja de ser una común medida de valores para convertirse en un valor en sí. Finalmente, la plutocracia, es derrotada, a su vez, por los poderes de la sangre y de la espada, dando paso a la política de la fuerza bruta y al cesarismo. La creatividad se agota en un mundo intelectualizado y materialista, y el arte se reduce a variaciones en torno a tipos preestablecidos, que busca principalmente, como en el retrato, el parecido, pero sin que sea capaz de crear formas nuevas. Al final de esta etapa aparece la segunda religiosidad: frente a una Iglesia que se ha hecho rígida y desprovista de sentido, las masas buscan la paz de espíritu en el restablecimiento de la antigua fe, o en una nueva religiosidad. Surge una ola de doctrinas ético-escatológicas, que, como reacción al racionalismo extremo, exaltan el encanto de lo irracional. Al renovarse el celo religioso viene un período de puritanismo, que a menudo se hace agresivo e intenta imponer sus doctrinas mediante la política y la fuerza. Esta segunda religiosidad, aun cuando pone término a una cultura, a menudo es precursora de otra nueva.

En esta forma se extingue la fuerza creadora de lo que el historiador alemán llama “símbolo primario”, que difiere enteramente para cada cultura y que constituye la premisa mayor, determinante de las características esenciales de una cultura determinada: el carácter de su ciencia y filosofía, de su mentalidad, de sus artes y creencias, de su modo de pensar y de vivir, “es quien le imprimirá su estilo y la forma de su historia, como progresiva realización de sus posibilidades interiores”.

En muchos aspectos Arnold J. Toynbee es el heredero espiritual de Spengler. En su obra fundamental A Study of History (1934-1954), plantea, al igual que el erudito alemán, una dinámica de las civilizaciones. Según Toynbee hay un ritmo constante en el desarrollo de las civilizaciones, pero de movimiento fluctuante y alternado. La fuerza que genera ese ritmo es el mecanismo del “challenge-and-response” (reto y respuesta). Una serie de repetidos retos y respuestas constituyen ascensos y descensos en la vida de las sociedades. Esta dinámica existe en cualquiera etapa que se encuentra la sociedad: génesis, crecimiento, colapso o desintegración. Esta última fase el autor la caracteriza como un proceso de “derrota y recuperación”; se diferencia de las anteriores, en que en ella la respuesta es menor que el reto. En cualquiera de estas fases la acción de la sociedad va a depender de individuos o pequeñas minorías, que el autor llama “creadoras”. El problema de estas “minorías” es hacer prevalecer sus opiniones, e imponerlas en la práctica, sobre la mayoría pasiva e infecunda. Dado que las masas son incapaces mental y espiritual-mente de crear una realidad, los líderes deben lograr que ellas acepten e imiten su pensamiento y su acción. Este proceso Toynbee lo denomina mimesis.

El colapso de las civilizaciones se origina cuando la “minoría creadora” fracasa en responder a un reto determinado, pierde entonces su poder sobre las masas y se convierte en una “minoría dominante y opresiva”. Las masas le retiran su confianza, acabando así la mimesis, y se marginan de la sociedad y la civilización: volviéndose hostiles hacia ella se transforman en “proletariado interno”. Por otra parte, se acaba la atracción que la sociedad ejerce sobre los grupos externos, los cuales plantean nuevos retos que ésta es incapaz de responder. Surge así un “proletariado externo”, grupo que, al carecer de privilegios, se siente colocado fuera de la sociedad y se convierte en enemigo.

A este cisma en la sociedad, que es una de las características de la última fase de la civilización, se agregan otros rasgos distintivos de la crisis, como son: La pérdida de la creatividad artística. En el arte desaparece lo singular que es reemplazado por la estandarización, signo de la decadencia. El cisma engendra un período de grandes conflictos, que desencadenan la guerra total. Las naciones y los hombres se agotan en ella y surge, entre las masas, un anhelo de paz y estabilidad, con lo que preparan el camino para otro rasgo característico de la fase de desintegración: el establecimiento de un Estado Universal por la facción más fuerte. Este Estado, que representa el dominio despótico de una minoría dominante sobre un proletariado reacio, es la forma cómo ésta responde al reto que le ha lanzado el “proletariado interno”. A su vez, esta respuesta de la minoría se convierte en un reto para el proletariado, quien responde con la creación de una Iglesia Universal, llamada a durar más que el Estado mismo y a trascender la civilización en la cual se gestó; pero que es incapaz de detener el proceso de desintegración. Por el contrario, siendo opuesta a las creencias y fundamentos de la minoría dominante, va a socavar todavía más la civilización. La Iglesia Universal es la respuesta del proletariado interno; a su vez, el proletariado externo responde al reto armando hordas de bárbaros y lanzándolas contra el Estado Universal. Finalmente, el Estado Universal sucumbe. En primer lugar, porque es intrínsecamente débil, pues la minoría ha dejado de ser creadora y no se impone ya por su atractivo, sino por la fuerza; y, en segundo lugar, sucumbe minado por la Iglesia Universal y por el avance de las hordas bárbaras.

Como se ve, el análisis de estos dos últimos autores no es más que el análisis de la decadencia romana referido a la sociedad contemporánea.

No menos sugerente, aunque de escasa fundamentación histórica, es el análisis del ensayista español José Ortega y Gasset. En Las Atlántidas y el Imperio Romano, así como en otras obras, sienta una teoría asaz original para explicar el problema. A diferencia de otros autores, que desde Polibio en adelante, habían entendido la decadencia de la Antigüedad como la desaparición de una obra magistral. Ortega piensa que el ocaso de Roma se origina, no porque durante el imperio se hubiesen alejado de las antiguas y sólidas instituciones republicanas, sino porque se fue incapaz en este último período de crear nuevas formas para solucionar nuevos problemas. Según Ortega, las instituciones para ser válidas, deben surgir desde el fondo espiritual de una nación, no pueden ser impuestas. Así afirma que “las instituciones romanas —durante la República— no fueron impuestas forzadamente por las circunstancias, sino que fueron inspiradas. Pero tampoco fueron inspiradas en una razón formalista y abstracta, sino que fueron inspiradas en las circunstancias, desde el fondo de firmes creencias que constituyen el alma de una nación, mientras una nación tiene alma. Todo pueblo que sepa hacer esto será un gran pueblo”. Más adelante rubrica estas ideas con la fórmula de Horacio: lege sine moribus vanae. “Podrán las leyes de una nación extraña —continúa el autor— servir de incitamiento y aun de orientación a nuestra inventiva política —Roma se orientó no pocas veces en las imágenes jurídicas de Grecia—; pero en última instancia, habrá que inventar. La imitación en política pertenece a la patología social”. De aquí deriva la crisis del Estado Imperial, de su incapacidad para substituir las formas del Estado antiguo por nuevos ordenamientos de democracia representativa, pues el autor español afirma que “las instituciones es preciso descubrirlas en la existencia profunda del propio si se quiere sostener una vida que sea libertad”.

La interpretación jurídico-institucional de Ortega, bien que novedosa peca de anacrónica: no podemos exigirle a un mundo y á una civilización que no es la nuestra que realice experiencias constitucionales que nos son propias. Además, el problema, como se ha visto, es harto más complicado que un simple inadecuadamiento institucional.

Fácil es advertir, a lo largo de las teorías expuestas, que todos los historiadores que se abocan al problema, sea que lo vean como una disolución interna, o en la forma que lo hace un Piganiol, como el desmoronamiento debido al impacto de las hordas exteriores: “La civilisation romaine n’est pas morte de sa belle morte. Elle a été assassinée(L’Empire Chrétienne. París, 1947); piensan el fin del mundo antiguo como una catástrofe que abre un hiato profundo entre dos épocas históricas. Estas interpretaciones simplistas no reparan en que la complejidad del mundo histórico no corresponde a los burdos enunciados que designan los cortes artificiales, mediante los cuales los historiadores occidentales han interrumpido la continuidad del proceso histórico. Contra esta “teoría del cataclismo”, viene reaccionando la historiografía desde comienzos de este siglo, especialmente los historiadores preocupados por la problemática económica. Sitial de honor ocupa entre ellos Alfons Dopsch, quien fue el primero en señalar la absoluta continuidad entre la economía antigua y medieval, así como en las formas culturales (Fundamentos Económicos y Sociales de la Cultura Europea, Méx., 1951 y Economía Natural y Economía Monetaria, Méx., 1943). Algunos años más tarde, Henri Pirenne (Mahomet et Charlemagne, París, 1937), coincidió con el autor alemán al negarle toda significación de ruptura a la invasión bárbara; pero mantuvo la idea de separación entre épocas, al atribuirle este efecto a la invasión musulmana, que cerró el mediterráneo, vínculo de la cultura occidental.

A nuestro juicio, la verdad debemos buscarla en la comprensión de la historia como un proceso continuo; pues, por una parte, no es posible admitir la idea misma de decadencia, que alude al mundo de lo biológico, y que no puede estigmatizar, con su sentido de necesario agotamiento, una fase del espíritu humano; y por otra porque la historia la debemos entender como un proceso continuo de lentas transformaciones; sin cambios bruscos, pues ellos ni siquiera son propios del mundo natural.