Adioses sudacas. A José Antonio Gabriel y Galán – Paris, 25 marzo de 1993

Lo vislumbré‚ de paso en una taberna madrileña, a la que entrábamos con Bryce Echenique. Alfredo se acercó a su mesa, lo saludó y,: “Te presento a José Antonio…, a José Antonio Gabriel y Galán”, agregó con una sonrisa de cálidos sobrentendidos. Y con razón. Para todo sudaca de nuestra generación Gabriel y Galán era un nombre de crestomatía. Y mientras le decía “Hola. Mis amigos extremeños no paran de hablar de tí”, me venían a la memoria diez años de chilena infancia escolar en los Maristas, donde el “He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos, he comido pan sabroso con entrañas de carnero…”, resumían la imagen de España con la que yo había crecido.

De esa imagen rural, de don José María, quedaban en José Antonio sólo unas profundas raíces extremeñas. En lo demás era la otra España, la urbana. La “España de la pandereta” lindaba en los Pirineos: de “ahí pallá” era Europa, la España democrática era la que pasaba del otro lado de los Pirineos, la España que recién se hacía europea. La que los sudacas conocimos en los años setenta cuando tuvimos que salir en tropel de nuestros países, azotados por insidiosas dictaduras, a la vez diferentes y parecidas a la española. Desde que nos conocimos en la Taberna del Alabardero me tocó frecuentarlo y me interesó leerlo. En Muchos años después descubrí lo que había en él de extremeño, de Dostoievski, en su frenesí por el juego, y sus arranques de sudaca, enancada sobre todo en su pasión por la escritura. Pasión universal. Pasión por un estilo ¿Qué‚ otra cosa es su admiración por Céline y Cortázar?, ¿por los maestros en el hacer y el deshacer las palabras? La suya era una obsesién, que compartía con la narrativa sudaca, una preocupación muy distinta de lo que en el siglo dominaba entre los autores franceses, salvo justamente Céline. Una opción por la creación de lenguaje frente a la palabra redactada, normada sintáctica y semánticamente. Una opción por la escritura frente a la redacción. Para ‚ él como para muchos de los escritores del Plus Ultra, ultraístas de cepa, la escritura era un yo hecho verbo.

Siempre insistió en que en las reuniones literarias se sentaran latinoamericanos. Para José Antonio la literatura castellana era una sola, y el lenguaje una patria. Cuando se presenté su libro en Cáceres pidió que estuviera presente Daniel Moyano, escritor con quien lo unían muchas simetrías.

Con el mismo espíritu actuó como jurado del Premio Novela de Extremadura, en que se reunía con Osvaldo Soriano, Bryce, Pepe Donoso, Elena Castedo, Esther Tusquets y Caballero Bonald. Estaba previsto que entregara el último premio a Abel Pose, pero una fatiga invencible se lo impidió, y a mi me tocó prestarle algunas palabras…

No hacía sino pagar una deuda. Lustros antes el me había prestado ya las suyas

Acababa de encontrar descritas, en Muchos años después, una serie de experiencias que habían sido también mías: El París y la Francia de los años sesenta…, la convivencia con la militancia y la malvivencia con los fascistas, las lecturas de Althusser, Barthes, Foucault y las referencias al renovador Gramsci…; la marginación generacional y el exilio… El exilio de sus personajes y esa vivencia íntima de un exilio interno, expresaban mucho de lo que había sido mi existencia…

 

Todo recuerdo es recuperación, y cada uno de nosotros en la evocación se apropia de una memoria, en este caso de la de José Antonio. Esto no disminuye el afecto. Y mucho menos creo que a él le hubiera importado. Cuando señalé hace unos párrafos que le debía unas palabras prestadas, justamente estaba haciendo eso; me estaba apropiando de ellas en una interpretación muy mía, pero que fue así como verdaderamente lo conocí –tiempo después de haberlo encontrado-, leyendo sus versos a mi modo. Y, la verdad sea dicha, es así como sigo leyéndolos. Adecuada o no fue en esta lectura que se me reveló, que lo encontré hablando de la ruta que abrupta por la que había llegado a conocerlo . Llegué a Europa en exilio como consecuencia del golpe de Estado en Chile. El 11 de septiembre de 1973 me desperté en un epicentro de odio, donde las furias de una violencia impúdicamente desencadenada amenazaban todo aquello en lo que yo había creído que era mi país ¿Qué sentí?

 

Entonces José Antonio habló por mi

Llegó a ser tan intenso el tufo
proveniente del epicentro aquél
que otros pueblos sintieron la amenaza.
Así los voceríos, rosas envenenadas,
maniobras,
el viento tuvo que arreciar, los uniformes
balancéabanse igual que espantapájaros
y las hijas hubieron de ocultarse en las frondosas residencias,
porque algo se rompía entre nosotros,
sin más celebraciones,
sin recato.

Los días que siguieron fueron horribles. Nadi‚ sabía qu‚ podía ocurrirle. Se instalaba la sinrazén y lo arbitrario:

Después de visitar sus mármoles,
sus sórdidos estadios de media voz,
los aspavientos memoriales,
los ficheros de las últimas quemas,
me pidieron disculpas,
un muchacho muerto
víctima de un delito sexual
aparece
junto a un pozo.

Se trataba de calmar
el escozor del día siguiente.

El país fue fieramente controlado y los esbirros nos decían:

Os negamos toda esperanza,
podemos controlar la sangre y el antojo,
plantamos soledad de cipreses y alerces,
desecar vuestros pueblos súbitamente,
nuestro representante en cada aldea o barrio
es un resucitado de la guerra.

Y nos buscaban en los rincones de nuestros refugios, para sentenciarnos al oído:

Vuestros gestos caducos,
ásperos eslabones de la esterilidad y el desencanto,
nuestra historia es muy simple,
la que es, la que viene,
perded toda esperanza de retorno,
jamás olvidaréis esta ciudadanía,
los pueblos que se pudren poco a poco
necesitan espejos y promesas,
no empleéis la avidez del enemigo,
la lucha de clase ha acabado,
hay quienes ya nacieron con la guerra perdida

 

Y dejé ese país diciéndome:

Mirando atentamente ¿qué‚ garantía hay
de volver algún día?

 

Y con este sentimiento llevo viviendo veinte años de exilio, porque cuando dejé Chile en 1973, lo dejé con las palabras de José Antonio: Un país como ése no era el mío.

Pero en ningún caso quiero terminar mis palabras con un dejo pesimista, porque su vida y su lucha por ella fueron un ejemplo de lo contrario, de rebelión permanente en la vida y contra la muerte. Si lo recuerdo por unos versos, es por el mestizaje de sentimientos que se funden en ellos, que me devuelven un país más grande que el que dejó un momento de ser el mío. Por eso y por el amor y la admiración que compartió con nosotros, mis adioses son en nombre de todos los sudacas que habrían querido expresarlos directamente.

 

¡Adiós José Antonio!

 

Paris, 25 marzo de 1993